A los 35 años, descubrí que la pareja es una compañía por fases, y me entristecí, me sentí muy abatida. A los 40 años, descubrí que los padres son una compañía por fases; me sentí muy afligida, muy triste. Cuando los hijos crecen, todavía me sorprende más descubrir que ellos también son una compañía por fases. Esta vez, no hay tristeza, no hay aflicción. En este momento también entiendo que en este mundo no hay nada para siempre; lo que se llama “para siempre” no es más que una compañía por fases. Si doy media vuelta, me doy cuenta de que mi cuerpo sigue envejeciendo. Por fin he crecido. En el mundo, desde siempre, solo hay una persona: soy yo. Yo estoy, el mundo está. Si yo ya no existo, el mundo también dejará de existir.

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