Cuanto más pobre es la familia, más cosas desordenadas hay en su casa.


En las paredes de cada habitación se clavan distintos estantes pequeños, donde se colocan objetos repetidos.
En la cocina, hay todo tipo de bolsas para guardar plástico; hay cada vez más trapos. Cuencos, platos, cubiertos y cuchillos de distintos estilos que ya no se usan se colocan en estantes que casi no se utilizan.
Los cajones están llenos de manuales, medicamentos caducados y todo tipo de facturas y recibos de hace años. Cada lugar con una rendija está atestado de cosas.
En la nevera, en la parte del congelador, hay comida congelada que no se sabe de qué año son.
En el armario hay cada vez más ropa que no se usa, y se compran más cajas para guardar la ropa.
Los distintos aparatos electrónicos pequeños que no se usan o que están medio inutilizados se amontonan en una misma zona.
Los edredones y mantas se acumulan cada vez más: algunos proceden de repartos de la demolición de edificios antiguos hace muchos años; otros ya llevan tiempo amarillentos y con moho, pero aun así siguen guardados debajo de la cama.
El cajón de la mesita de noche está atestado de cables de carga que no sirven, teléfonos viejos, pilas, llaves de repuesto y lentes para los que nunca se ha hecho la graduación.
Los botes de champú, muestras de pasta de dientes y cepillos de dientes desechables de hotel se amontonan en una cesta, y no se los tira: quedan en espera de un “viaje para salir”.
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