En la antigua China, las personas tenían expectativas sobre el futuro, siempre esperando un gobernante sabio. Cuando no llegaba un gobernante sabio, esperaban a un funcionario honesto. Si tampoco llegaba un funcionario honesto, entonces esperaban a un caballero que redistribuyera la riqueza y ayudara a los pobres. Si tampoco llegaba ese caballero, entonces esperaban que las Siete Hadas vinieran a cocinarles y servirles, o a hacerles de mula y buey; si eso tampoco ocurría, ¿qué podían hacer? Solo esperaban reencarnar en una buena familia en su próxima vida. Pensándolo bien, en la actualidad también es así: siempre dejamos una última esperanza para nosotros mismos, en lugar de buscar activamente el cambio.

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