La impaciencia es porque la energía no es suficiente. Cuando cuerpo y mente están agotados, cualquier pequeño movimiento te hará perder la paciencia.


La superficialidad es porque has sido pulido muy poco. Las personas que no han pasado por adversidades siempre piensan que el mundo es así de simple, hasta que se caen.
La mente confusa es porque tus pensamientos no están claros. Cuanto menos ves la dirección, más fácilmente te dejas llevar por los detalles.
La presión es porque las expectativas son demasiado altas. Siempre quieres llegar al cielo de un salto, pero olvidas que aún estás al pie de la montaña.
El cansancio mental es porque piensas demasiado. Un pensamiento tras otro, pero la acción se retrasa, al final solo queda el agotamiento interno.
La codicia es porque los deseos son demasiados. Querer todo generalmente resulta en no atrapar nada.
El orgullo es porque la visión es corta. Solo ves el pequeño logro frente a ti, pero no sabes que hay cielo más allá del cielo.
El odio es porque la tolerancia es insuficiente. No poder soltar los errores de otros es en realidad castigarte a ti mismo con los errores de los demás.
Las preocupaciones son porque eres demasiado terco. Insistes en que las cosas se desarrollen según tu idea, pero el mundo nunca girará alrededor de ti.
El fracaso es porque la preparación es insuficiente. Cuando la oportunidad llega, aún no tienes la capacidad para merecerla.
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