La vida debe estar llena de buena voluntad y tolerancia, sin regocijarse en las desgracias ajenas ni en la mala suerte de otros, ni menospreciar la enfermedad ni la discapacidad. Ante el sufrimiento y la fatiga, debemos aceptarlos con serenidad, sin inferioridad por la pobreza ni arrogancia por la riqueza. Debemos valorar la familia, la amistad y el amor, cuidar a los padres ancianos, apoyar a los amigos en dificultades, acompañar a nuestras parejas en adversidades; pero debemos mantener distancia de aquellos que sólo buscan beneficio, rompen promesas y actúan con prepotencia. En el trato con los demás y en nuestros asuntos, debemos controlar los deseos y la competencia, no discutir por fama ni beneficios, ni perder la razón por vino, placeres, dinero ni posesiones. El que se conoce a sí mismo no culpa a otros; el que entiende su destino no culpa al cielo. Ya sea en nuestros actos o en nuestro trato con otros, no debemos olvidar nuestras raíces ni la gratitud, debemos mantener la justicia, rechazar la codicia y el egoísmo, no olvidar la moralidad ante el interés, solo así podremos estar seguros de nuestro lugar en el mundo y vivir con dignidad.

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