Existe un patrón familiar invisible que afecta a innumerables padres e hijos. No es un control ruidoso ni una negación evidente, sino una forma de advertir y preocupar, temiendo que el niño tome un camino equivocado, que poco a poco reduce el espacio vital del niño. En muchas familias, lo que realmente hace que el niño se detenga no son los riesgos del mundo, sino la incertidumbre que los padres no pueden soportar cuando sus hijos se adentran en lo desconocido. Cuanto más incapaces son los padres de enfrentar sus propios miedos, más estos miedos se transmiten a los hijos bajo la apariencia de preocupación. Lo que los hijos escuchan no son consejos, sino: "Tu futuro me da miedo", "Tu independencia me inquieta".



Cuando los niños soportan durante mucho tiempo estas emociones, poco a poco pierden la percepción de la vida, dejan de atreverse a avanzar, a cometer errores e incluso a tener sus propios deseos. Esto no es falta de valentía por parte del niño, sino que nunca se les ha permitido ser verdaderamente libres. Para ayudar realmente a los niños:

Paso uno, no es enseñarles cómo enfrentarse al mundo, sino que los padres aprendan a enfrentarse a su propio interior. Antes de decirle a su hijo que hay riesgos, pregúntese una cuestión clave: ¿lo que quiero advertirle es sobre los peligros del mundo o sobre mi propia inseguridad ante lo desconocido? Si esta frase es para tranquilizarse a uno mismo, seguramente hará que el niño se vuelva más ansioso, porque el niño intentará toda su vida satisfacer el rango que los padres pueden soportar, en lugar de cumplir con su propia misión vital.

Paso dos, convertir lo desconocido del niño en algo propio del niño, y el riesgo del niño en un riesgo propio del niño. La mayor madurez que pueden alcanzar los padres no es proteger al niño de la lluvia y el viento, sino permitir que el niño camine hacia un mundo que ni siquiera ellos pueden prever. La verdadera diferenciación no es distancia, sino reconocer que el niño no es una extensión de su vida, sino que tiene su propia dirección, su propio ritmo y su propia misión.

Paso tres, transformar el lenguaje de miedo en un lenguaje de crecimiento. El lenguaje de miedo dice: "No vayas, es muy peligroso". El lenguaje de crecimiento dice: "Si quieres, puedo acompañarte en la preparación". El miedo hace que el niño se encoja, el apoyo lo hace más fuerte. Lo más importante para la madurez de una familia no es que los padres ya no tengan miedo, sino que no conviertan ese miedo en una carga para los hijos. Los niños no necesitan padres que no tengan miedo, sino padres que tengan miedo. Desde aquí, empieza tu futuro, y desde ti, comienza el mío.
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