Hace poco estuve siguiendo la carrera de Ailín Pérez y honestamente es de esas historias que te hace repensar qué significa realmente el sacrificio en el deporte. Esta argentina de 30 años llegó a Miami con apenas 2000 dólares en el bolsillo y literalmente vivió en el gimnasio durante meses. Eso no es una frase de efecto, es lo que pasó.



Lo que me atrapó de su trayectoria es que no es el típico relato de atleta privilegiada. Antes de estar peleando en UFC, trabajaba dando clases de fitness, se fue a Brasil a los 18 años dejando a su hijo pequeño, y tuvo que hacer seguridad en un cabaret restaurante en Camboriú. Caminaba por las favelas a las 5:30 de la mañana para llegar al trabajo, sin dinero ni para un taxi, porque necesitaba guardar cada peso para pañales y para financiar su entrenamiento. Eso es nivel de determinación que pocas personas entienden.

Lo interesante es cómo ella misma cuenta que buscó diferentes formas de juntar dinero. Vendía rifas con sus hermanos, hacía tortas fritas con amigas y familia. Cuando llegó a Miami, el UFC no pagaba lo suficiente en sus primeras peleas, así que ella abrió una cuenta en OnlyFans con contenido para adultos. No lo esconde, lo explica directamente: vio una oportunidad económica y la tomó. Durante bastante tiempo, ese dinero fue lo que le permitió pagar alquiler mientras construía su carrera como peleadora. Ahora que está más establecida en la organización, dice que lo controla mejor, lo usa cuando quiere algo especial, pero su foco real está en el octágono.

Su mentalidad es brutal. Entrena como si fuera a morir en la jaula, compite como si fuera ella o su rival, sin términos medios. Tiene un equipo técnico serio (Troy Worthen, Roger Krahl como coaches de MMA), nutricionista del UFC, psicólogo deportivo, fisioterapeuta. Todo está optimizado. Pero lo que más me llamó la atención es que ella maneja todo personalmente: sus redes, sus decisiones sobre qué contenido sube, cuándo entrena, cuándo descansa. No tiene jefe más que su manager Martín Pakciarz. Eso es raro en el deporte profesional.

En febrero pasado se enfrentó a Macy Chiasson en México buscando romper el top 5 de su división y acercarse al cinturón de la categoría gallo. Ella estaba 8va en el ranking y sabía que ganar era clave para entrar en el grupo de contendientes por el título. Su racha activa de victorias consecutivas es lo que ella mentalmente protege más.

Lo que la diferencia es su personaje. La comparan con Ringo Bonavena, ese boxeador argentino legendario que construyó su fama con histrionismo y carisma. Ella lo admite, dice que le nace ser así. Pero aclara que la Ailín de campamento no es la misma que la que ve a su hijo en Miami comiendo facturas en la playa. Esa otra versión es más relajada, disfruta cosas pequeñas, juega en el barro. Son dos facetas de la misma persona.

Lo que me quedó es que ella se ve a sí misma como histórica. Dice sin dudarlo que es 'la Messi del UFC'. No busca agradarle a todo el mundo, no le importa si alguien no le gusta su marketing. Su foco está en que otras atletas argentinas la vean y aprendan que es posible llegar a la elite global desde donde sea que estés. Su hijo Ades y su padre Gabriel son sus anclajes: antes de cada pelea se conecta por videollamada con ellos y su psicólogo. Eso es su ritual, su cable a tierra.

La verdad es que Ailín representa algo que no ves tan seguido: una atleta que no se avergüenza de cómo financió su sueño, que habla de sus sacrificios sin dramatizar, que toma decisiones sobre su cuerpo y su imagen sin culpa. Eso, en el contexto del deporte profesional, es bastante disruptivo. Y aparentemente está funcionando.
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