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¿Cómo es ser un murciélago? Los científicos desarrollan una nueva solución al enigma de las mentes animales
(MENAFN- La Conversación) En 1974, el filósofo Thomas Nagel planteó una pregunta aparentemente simple: “¿cómo es ser un murciélago?”. Su intención no era realmente sobre los murciélagos. Ofrecía un desafío provocador sobre los límites de entender otra mente: por más que intentemos, no podemos acceder a cómo se siente experimentar el mundo como otro ser.
Esto puede parecer un enigma filosófico abstracto. Pero es crucial cuando consideramos a los miles de millones de animales bajo nuestro cuidado, ya sea en granjas, laboratorios, hogares o zoológicos. Tomamos decisiones diarias sobre sus vidas, desde su entorno, hasta la separación de sus compañeros, o si están sufriendo. Sin embargo, enfrentamos el problema de Nagel. No podemos acceder directamente a su experiencia. Solo podemos inferirla.
Durante décadas, la ciencia del bienestar animal ha lidiado con este desafío. Pero en un artículo reciente publicado en la revista Frontiers in Animal Science, hemos desarrollado un marco llamado el “teleonoma” que ofrece un camino a seguir, no trascendiendo los límites que Nagel identificó, sino entendiendo cada especie en sus propios términos evolutivos.
Es difícil ver el panorama completo
Actualmente, cuando evaluamos el bienestar animal, somos como mecánicos revisando partes individuales de un coche sin entender cómo funciona el motor.
Los fisiológos miden hormonas del estrés. Los conductistas cuentan cuántas veces se mueven o vocalizan los animales. Y los veterinarios revisan si hay enfermedades.
Cada especialista produce datos valiosos. Pero lo que falta es una forma de evaluar estos datos desde la experiencia vivida de los animales.
Un caballo puede tener concentraciones normales de cortisol, no mostrar comportamientos repetitivos anormales y parecer físicamente saludable. Pero aún puede estar en un estado de angustia crónica por la separación de sus compañeros.
Una gallina en una jaula puede producir huevos eficientemente. Pero puede estar sufriendo frustración crónica porque no puede rascarse, bañarse en polvo, agitar sus alas, explorar y anidar, comportamientos que la jaula hace imposibles.
Aquí entra el ‘teleonoma’
El teleonoma es el sistema integrado de capacidades perceptivas, fisiológicas, conductuales y emocionales de un animal. Está moldeado por la evolución para permitir la adaptación, supervivencia y reproducción.
Volviendo al murciélago. Su ADN no “contiene” ecolocalización como un plano que contiene un diseño de casa. Lo que existe es un sistema integrado de audición-cerebro-cuerpo-comportamiento que solo surge cuando los genes encuentran las condiciones ambientales adecuadas.
Ese es el teleonoma del murciélago: no solo el potencial genético, sino el sistema vivo y funcional de supervivencia.
El teleonoma funciona mediante un proceso continuo de cuatro pasos. Detecta cambios, evalúa si son amenazas u oportunidades, pronostica la mejor respuesta y, finalmente, actúa.
Esto no es una deliberación consciente, sino un sistema incorporado que guía la fisiología y el comportamiento en escalas de tiempo desde milisegundos hasta meses.
Las emociones son centrales en el teleonoma. Los sentimientos de miedo, frustración, satisfacción o curiosidad son mecanismos evolutivos para priorizar lo que importa, guiar el aprendizaje y coordinar respuestas adaptativas. Estas emociones reflejan el bienestar y también lo mantienen activamente. Las experiencias negativas estimulan a los animales a resolver problemas; las positivas los impulsan a continuar sus actividades.
Por supuesto, el comportamiento de animales de la misma especie variará. Esto puede explicarse por el “teleonoma expresado”: los genes proporcionan potencial biológico, pero las experiencias de por vida, la carga de estrés actual y el contexto ambiental moldean su expresión.
El teleonoma también reconoce que los animales necesitan entornos que ofrezcan lo que sus cuerpos y cerebros evolucionaron para anticipar, usar y aprender. Una gallina no solo prefiere bañarse en polvo; lo hace para mantener en buen estado sus plumas y piel. Quitarle esa oportunidad interrumpe el proceso, creando estrés biológico continuo, incluso si el ave parece saludable.
Por qué esto importa
El teleonoma proporciona a la ciencia del bienestar una estrella polar biológica.
En lugar de discutir si el enriquecimiento es “necesario” o qué comportamientos son más importantes, podemos preguntar: ¿este comportamiento apoya la forma en que el animal evolucionó para funcionar, y el entorno lo permite?
Esto tiene aplicaciones prácticas inmediatas.
Para la ansiedad por separación en perros, podemos identificar e incluso clasificar los eventos y contextos que, en combinación, desencadenan angustia. Luego, diseñar intervenciones que apoyen completamente, en lugar de anular, los sistemas sociales evolutivos.
Para los animales de granja, explica por qué la productividad no equivale a bienestar. La domesticación crea animales altamente productivos, que producen mucha leche, huevos o carne, pero que también sufren estrés crónico porque hemos interrumpido las relaciones animal-entorno que evolucionaron durante millones de años.
Quizás lo más importante, el teleonoma transforma el debate ético.
Tratar a los animales como “fines en sí mismos” no es solo filosofía. Significa reconocer lo que les importa, basado en cómo han evolucionado.
El teleonoma proporciona la base biológica para tomar decisiones de bienestar fundamentadas en la perspectiva del animal, en lugar de preferencias humanas o conveniencia industrial.
Quizás nunca resolvamos el enigma filosófico de Nagel. Pero los animales tampoco son cajas negras. Entender su teleonoma nos da una guía práctica para su cuidado: no solo para mantenerlos vivos y productivos, sino para permitirles vivir las vidas para las que su biología los preparó.