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Guerra sin un fin claro: ¿Washington se está inclinando hacia negociaciones con Irán?
(MENAFN- AzerNews) Elnur Enveroglu Leer más
La situación que enfrenta Estados Unidos tras su segundo ataque sorpresa contra Irán el 28 de febrero ha vuelto a revelar que los cálculos estratégicos realizados durante el conflicto de doce días en junio de 2025 estuvieron lejos de ser precisos. Los desarrollos en curso sugieren que las suposiciones previas en Washington podrían haber sido demasiado optimistas. Varios analistas han señalado que desde que el presidente Donald Trump volvió a ocupar el cargo, ha hecho varias promesas ambiciosas respecto a la guerra entre Rusia y Ucrania, Oriente Medio y otras regiones que siguen siendo polémicas en la agenda política estadounidense. Sin embargo, a pesar de la confianza expresada en su retórica, los resultados tangibles siguen siendo esquivos.
En ocasiones, parece que el presidente Trump ha subestimado la complejidad de los desafíos que enfrenta. Problemas que parecen sencillos en apariencia a menudo ocultan capas de dificultad política y estratégica. Esta tendencia quizás tenga raíces en la notable confianza del presidente en sus propios instintos, un rasgo que ha definido gran parte de su carrera política.
En realidad, Estados Unidos no había colocado originalmente un plan militar agresivo para Oriente Medio en el centro de su agenda estratégica. Desde el primer día de su administración, Trump prometió repetidamente que su presidencia priorizaría la paz y evitaría enredarse en los conflictos prolongados de la región. Muchos analistas creían que Washington se preparaba en cambio para una era de rivalidad económica, especialmente con China, donde se esperaba que la competencia en tecnología, comercio e influencia global dominara la próxima década.
Sin embargo, el curso de los acontecimientos sugiere que el proceso de toma de decisiones en la Casa Blanca puede ser más complejo de lo que se asumía anteriormente. La reacción pública en las plataformas de redes sociales ha reflejado un grado notable de escepticismo respecto al conflicto con Irán. Para muchos observadores, la guerra no se percibe como una estrategia cuidadosamente diseñada iniciada por Donald Trump, sino más bien como un enfrentamiento repentino y algo improvisado, impulsado en gran medida por la determinación de Estados Unidos de defender a Israel. Si esta interpretación refleja completamente la realidad, sigue siendo objeto de debate, pero sin duda ha influido en la percepción pública del conflicto.
A los diez días de guerra, Washington ha comenzado a confrontar una evaluación más sobria de lo que realmente se ha logrado. En las primeras etapas de la campaña, el presidente Trump afirmó que los ataques estadounidenses a la infraestructura estratégica de Irán habían proporcionado una ventaja decisiva. Durante los primeros días de hostilidades, surgieron informes sobre la muerte del Líder Supremo de Irán, ayatolá Ali Khamenei, y para el octavo día del conflicto, la bombardeo de una refinería importante en el centro de Teherán fue presentado como evidencia de que Estados Unidos podía ejercer una influencia considerable sobre la estabilidad interna del país.
Sin embargo, los eventos han tomado un rumbo diferente. Para el 9 de marzo, décimo día de la guerra, quedó claro que el sistema político de Irán no había colapsado bajo presión. En cambio, el hijo del difunto Líder Supremo, Mojtaba Khamenei, de 56 años, asumió la posición de Líder Supremo y se movió rápidamente para consolidar el control sobre la poderosa estructura teocrática del país. A pesar del bombardeo sostenido y la creciente presión externa, las bases políticas de Irán parecen haber permanecido intactas. La resistencia del sistema ha complicado las expectativas de quienes creían que la presión militar por sí sola podría desencadenar una rápida transformación interna.
Esta realidad ahora presenta tanto a Estados Unidos como a Israel la necesidad de reconsiderar sus próximos pasos. El momento podría señalar que ha llegado el momento de contemplar una arquitectura de seguridad regional más estructurada en lugar de una escalada adicional. Tal enfoque buscaría crear un marco duradero de cooperación capaz de estabilizar Oriente Medio en general.
El 10 de marzo, el enviado del presidente Trump, Steve Witkoff, y el yerno del presidente, Jared Kushner, llegaron a Israel para una serie de reuniones que podrían marcar el inicio de una nueva fase diplomática. Su presencia es significativa. Ambas figuras atrajeron previamente atención por sus iniciativas diplomáticas durante crisis internacionales anteriores, incluyendo visitas a Moscú durante períodos de tensión relacionados con el conflicto entre Rusia y Ucrania.
Kushner, en particular, sigue siendo una de las figuras más influyentes en la red diplomática informal de Washington. Su ingreso en el escenario global como el principal arquitecto de los Acuerdos de Abraham en 2020 marcó un punto de inflexión en las relaciones de Israel con varios estados árabes. Los acuerdos facilitaron un notable acercamiento entre Israel y países del Golfo, alterando el panorama diplomático de la región.
Las discusiones actuales parecen estar estrechamente relacionadas con ese marco. Según indicios tempranos, el enfoque central de las reuniones es la posible creación de una red de seguridad regional coordinada que involucre a los estados que ya desempeñan un papel destacado en el proceso de los Acuerdos de Abraham. Se cree ampliamente que Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin están entre los actores clave considerados. Tal acuerdo buscaría fortalecer los mecanismos de defensa colectiva y reducir la probabilidad de una escalada descontrolada adicional.
La guerra con Irán ha demostrado una vez más que la seguridad a largo plazo de Israel en la región puede depender menos de acciones militares unilaterales y más de una cooperación coordinada con socios árabes. Construir un marco de seguridad robusto junto a los estados regionales podría ser mucho más efectivo para contrarrestar la extensa red de fuerzas proxy de Irán en Oriente Medio.
Para Israel, enfrentarse solo a Irán y sus milicias aliadas conlleva riesgos estratégicos significativos. Para Estados Unidos, mantener una presencia militar prolongada y directa en la región es tanto financieramente oneroso como políticamente difícil de sostener. En estas circunstancias, los próximos días podrían determinar si Washington y sus aliados pueden lograr sus objetivos de manera realista mediante medios militares.
Si el esfuerzo por debilitar a la dirigencia iraní en Teherán finalmente fracasa, Estados Unidos e Israel podrían volver a una estrategia más familiar. Esto probablemente implicaría el endurecimiento de las sanciones económicas contra Irán, mientras continúan enfrentamientos limitados con grupos proxy respaldados por Irán en la región. Tal enfoque no sería una resolución decisiva de la crisis, sino más bien un regreso al largo y tenso equilibrio que ha definido la geopolítica de Oriente Medio durante décadas.