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Hay un fenómeno que a menudo pasa desapercibido: la asombrosa magnitud del déficit comercial de Estados Unidos cada año. En 2023, el déficit en bienes y servicios superó los 770 mil millones de dólares, y esta situación se ha mantenido durante décadas. A simple vista parece irracional, pero si se profundiza, se descubre que no es casualidad.
En esencia, hay tres impulsores fundamentales: primero, la posición del dólar como moneda de reserva mundial otorga a Estados Unidos ventajas especiales. Estados Unidos puede imprimir dinero directamente para comprar bienes en todo el mundo, una capacidad que otros países no tienen. En segundo lugar, la cultura de consumo —los residentes estadounidenses prefieren gastar mucho y ahorrar poco—, y los productos extranjeros fluyen continuamente para satisfacer esta demanda. Además, la estructura de división internacional del trabajo, en la que Estados Unidos controla firmemente los sectores de alta gama (chips, finanzas, software), mientras que la manufactura de gama baja se ha trasladado a Asia, hace que la dependencia de las importaciones sea difícil de eliminar.
El impacto de esto también es muy sutil. A corto plazo, las importaciones baratas reducen los precios, beneficiando a los consumidores comunes, pero perjudican a los trabajadores locales. Desde una perspectiva a largo plazo, es aún más interesante: el déficit refuerza el ciclo del dólar. Las empresas de otros países ganan dólares y luego los usan para comprar bonos estadounidenses, lo que reduce los costos de financiamiento del gobierno de EE. UU. y permite que el déficit fiscal continúe.
Por lo tanto, la esencia del problema no radica en un solo factor, sino en la estructura económica de EE. UU. y en el diseño del sistema monetario global. Intentar resolverlo únicamente mediante aranceles o devaluaciones es, en esencia, tratar los síntomas y no la causa.