En el mundo moderno, toda divinidad y festividad han desaparecido. El mundo se ha convertido en una tienda por departamentos. La llamada economía compartida nos ha convertido a cada uno de nosotros en vendedores, esperando la llegada de los clientes.


Llenamos el mundo con productos de consumo rápido cada vez de peor calidad, el mundo se asfixia entre mercancías. Esta tienda por departamentos y un manicomio no tienen diferencia esencial.
Parece que poseemos todo, pero hemos perdido lo más fundamental: el mundo. El mundo ha perdido su lenguaje y su voz. En medio del bullicio de la comunicación, la tranquilidad ha desaparecido.
La acumulación y la masificación de productos llenan todos los vacíos. Los productos ocupan el cielo y la tierra.
Un mundo mercantilizado ya no es habitable; ha perdido su conexión con Dios, lo sagrado, el misterio, lo infinito y lo sublime.
También hemos perdido la capacidad de asombrarnos, viviendo en una tienda por departamentos transparente, convirtiéndonos en clientes transparentes, vigilados y controlados en todo momento.
Escapar de esta tienda por departamentos se vuelve una prioridad. Debemos transformar la tienda en un lugar de celebración, donde la vida pueda adquirir su significado propio.
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