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Hace poco más de un mes se fue Pedro Friedeberg, dejando un vacío en el arte mexicano que probablemente nadie más va a llenar de la misma forma. El tipo falleció a los 90 años, y honestamente, cuando lees sobre su vida te das cuenta de que vivió exactamente como quiso: sin compromisos, sin filtros, puro absurdo y contradicción hasta el final.
Lo interesante de Friedeberg es que logró hacer de la excentricidad su marca registrada. No era solamente un artista; era un personaje que se reinventaba constantemente. Trabajaba de forma obsesiva, mezclando geometría con astrología, tarot con mitología, todo eso con dosis enormes de ironía. Sus cuadros y objetos eran como firmas visuales de alguien que simplemente se negaba a encajar en las categorías convencionales del arte del siglo XX.
La gente que lo conocía tiene historias increíbles. Cuando lo despidieron en México, desde la Secretaría de Cultura hasta Netflix, todos destacaban lo mismo: era un genio, pero de esos que te dejan con la boca abierta por sus excentricidades. Guadalupe Loaeza, la escritora, dijo algo que resumía perfectamente quién era: "Se fue con todo y su silla de mano". Eso fue Friedeberg: alguien que se llevó su universo completo sin dejar nada atrás.
Ahora bien, la obra más icónica de Friedeberg, esa por la que es reconocible al instante, es la mano-silla. No es un objeto complicado, pero es genial en su simplicidad: una mano que funciona como asiento. Cuando el Museo Franz Mayer hizo una exposición en 2014 donde pidió a otros artistas que intervinieran versiones de la mano-silla, Friedeberg se presentó con un sombrero de cebra y una máscara de gato de cartón. Durante toda la inauguración no se la quitó. Cuando le pidieron que dijera algo, solo soltó un "miau". Así era el tipo.
Lo fascinante es que esta actitud teatral no era superficial. Vino de sus estudios en arquitectura, que le dieron las herramientas técnicas para luego quebrantarlas de formas impredecibles. Su comprensión del punto de fuga, la perspectiva, la geometría, todo eso estaba ahí en sus trabajos, pero siempre con ese toque de burla que lo hacía único. Su obra pasó por momentos de auge y otros de relativo olvido durante el siglo XX, pero en años recientes volvió a ser muy buscada por coleccionistas.
Además de pintor y escultor, Friedeberg también fue autor. Publicó libros como "De vacaciones por la vida", "La casa irracional" y un volumen reciente con su nombre. Su editorial prepara ahora un libro especial que reúne casi 500 cartas y postales que envió durante más de siete décadas, cartas que revelan otra dimensión de su creatividad que pocos conocían.
Pero quizás lo que mejor define a Friedeberg son sus propios "mandamientos": nunca usar cachucha de béisbol, no leer bestsellers, nunca viajar en clase turista, escuchar solo a tus perros y gatos, ignorar modas pasajeras, dejar propinas gigantescas, y recordar que la hipocresía y el egoísmo son virtudes para una vida de elevación mística. Eso era Pedro Friedeberg: un tipo que jugaba con las reglas, las rompía, y luego se burlaba del resultado.
Su legado está en todos lados: en museos, en galerías, en las paredes del Metro Bellas Artes, en Netflix con su documental, en los catálogos de arte moderno latinoamericano. Pero probablemente lo más importante es que Friedeberg demostró que el arte no necesita ser serio para ser profundo, que la excentricidad puede ser un manifiesto, y que una mano convertida en silla puede ser más memorable que mil obras convencionales.