El secreto de la hegemonía económica de 300 años, escondido en cada crisis

En estos tiempos, los mercados globales están en constante agitación.

Las expectativas de aumento de tasas de la Reserva Federal fluctúan de un lado a otro, la economía europea lucha en medio de una crisis energética, Japón ha atravesado los “treinta años perdidos” y aún busca su salida, mientras que a nuestro alrededor, los debates sobre “recesión económica”, “degradación del consumo” y “dificultades laborales” nunca cesan.

Muchos preguntan: ¿Qué le está pasando a este mundo? ¿Cómo debemos entender estos cambios tan complejos y confusos?

Mi respuesta es: si no entiendes el presente, vuelve a mirar la historia. La historia no se repite exactamente, pero siempre rima.

Recientemente leí un libro nuevo — “Los grandes imperios económicos de Europa y América en 300 años”. El autor, Wang Dongjing, es un economista que da conferencias a funcionarios de nivel provincial y ministerial durante mucho tiempo. Con un marco de 300 años, desglosa y explica los altibajos de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Canadá, Rusia y Japón, contándonos sus historias de auge y caída.

Al terminar, solo puedo sentir: resulta que todo lo que sucede hoy, ya tuvo una respuesta en la historia.

01

Cada crisis, es una reconfiguración

Lo que más me impactó de este libro es que revela una ley inmutable de la historia económica: las crisis nunca son el final, sino puntos de inflexión.

Al principio, en la fundación de Estados Unidos, el secretario del Tesoro, Hamilton, y el secretario de Estado, Jefferson, discutían sin parar. Hamilton quería industrializar el país, proteger con aranceles, centralizar el poder; Jefferson, en cambio, defendía una economía agrícola, el libre comercio y la supremacía de los estados. Sus ideas chocaban como agua y aceite.

¿Y qué pasó después? En 1807, la Marina británica atacó los barcos estadounidenses, y Jefferson aprobó la “Ley de Embargo”, creyendo que con la agricultura podría detener a los británicos. Pero la economía estadounidense se hundió, las fábricas cerraron, los agricultores quebraron. Solo entonces Jefferson se dio cuenta de que sin una gran industria propia, tarde o temprano, serían derrotados.

Así, este antiguo rival de Hamilton, silenciosamente, utilizó un informe escrito 14 años antes por su enemigo político, y aprobó aranceles aún más altos que en la época de Hamilton.

¿Y qué nos enseña esta historia? Que frente a una crisis, las ideologías deben ceder ante la supervivencia. Hoy, en Estados Unidos, los dos partidos luchan ferozmente, pero si miramos la historia, las políticas más efectivas suelen venir de los oponentes.

Veamos Alemania. Tras la Segunda Guerra Mundial, la economía alemana colapsó por completo. El marco se convirtió en papel, y la gente usaba dinero para pegar paredes antes que para comprar. ¿Qué hicieron? Ludwig Erhard, el “padre de la economía social de mercado”, tomó el poder y realizó una medida que parecía muy arriesgada en su momento: en un solo día, eliminó más del 90% de los controles de precios y del racionamiento.

Los militares estadounidenses en Alemania le preguntaron: “¿Cómo se atreve, doctor Erhard?”

Él respondió: “No he cambiado, solo he eliminado lo que no debería estar allí.”

¿Y qué pasó? Tras eliminar los controles, la economía alemana se liberó, se recuperó rápidamente. Los estantes de las tiendas se llenaron, el mercado negro desapareció, y el marco volvió a valorarse. Así empezó el “milagro económico” de Alemania en la posguerra.

Los alemanes llaman a esto “el tercer camino”: ni el laissez-faire absoluto, ni el camino del plan económico.

02

Detrás del cambio de hegemonía, está la lucha de sistemas

¿Por qué algunos países logran un crecimiento sostenido y otros caen en declive? La respuesta clara que da este libro es: el sistema determina el destino.

Reino Unido, cuna de la Revolución Industrial. La máquina de vapor, el telar, el ferrocarril, todo salió de allí. En el siglo XIX, con su ventaja de ser el primero, se convirtió en el “Imperio del Sol Nunca Se Pone”. Pero en el siglo XX, su brillo se apagó, y Estados Unidos lo superó ampliamente.

¿Y por qué?

El libro explica claramente: el sistema de bienestar del Reino Unido lo arruinó.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido implementó un sistema de bienestar integral, “de la cuna a la tumba”: atención médica gratuita, educación gratuita, subsidios por desempleo, pensiones para los ancianos. Suena bien, pero ¿de dónde sacaban el dinero? Todo venía de los impuestos.

¿Y qué ocurrió? Las cargas fiscales sobre las empresas eran altas, la innovación se estancó; los beneficios sociales elevados redujeron la motivación laboral. Para los años 70, la economía británica entró en “estancamiento con inflación” — por un lado, economía paralizada; por otro, inflación descontrolada. Solo entonces los británicos comprendieron que el costo de la “comida gratis” era perder competitividad.

Margaret Thatcher, al llegar al poder, llevó a cabo reformas radicales: privatizó empresas estatales, recortó beneficios sociales, reformó las relaciones laborales. Aunque en ese momento fue muy criticada, esas dolorosas reformas revitalizaron la sistema económico británico.

Veamos Japón. En los años 80, Japón estaba en su apogeo. Sony compró Columbia Pictures, Mitsubishi adquirió Rockefeller Center, y los precios de los terrenos en Tokio llegaron a poder comprar toda Estados Unidos. Algunos académicos japoneses incluso escribieron un libro titulado “Japón puede decir no”.

¿Y qué pasó después? Tras el “Acuerdo de Plaza” en 1985, el yen se apreció mucho. Para contrarrestar esa apreciación, Japón redujo drásticamente las tasas de interés, y como resultado, la burbuja en la bolsa y en los bienes raíces creció sin control. Cuando estalló la burbuja, Japón entró en “los treinta años perdidos”.

Una parte del análisis que me impresionó mucho en el libro es que el problema de Japón, a simple vista, fue el Acuerdo de Plaza, pero en realidad, la raíz fue la rigidez del sistema. La contratación de por vida, la antigüedad como base salarial, el sistema bancario principal — todos estos sistemas que sustentaron el milagro japonés, en la transición económica, se volvieron cargas.

La lección de Japón es clara: no hay sistema que dure para siempre. Lo que te hizo exitoso, puede ser también lo que te lleve a fracasar. La reforma, siempre en marcha.

03

La revolución tecnológica, nunca es casualidad

Hoy todos hablan de la autosuficiencia tecnológica y de la seguridad en las cadenas de suministro. Este libro nos enseña que las revoluciones tecnológicas no caen del cielo, sino que son resultado del diseño estratégico y la orientación institucional del país.

¿Cómo logró Estados Unidos ser la potencia tecnológica? El libro explica claramente: el gobierno solo actúa como “impulsor”, no como “motor”.

En el siglo XIX, para impulsar la industrialización, Estados Unidos hizo algo que hoy parecería increíble: “intercambiar tierra por vías”. Por cada milla de ferrocarril, el gobierno entregaba entre 10 y 40 millas de tierra. Así, con 200 millones de acres de tierra, construyeron cinco líneas transcontinentales.

Lo sorprendente es que el gobierno no asumió riesgos, no aumentó impuestos, no tomó préstamos, y además, obtuvo el control de las vías. Además, movilizó casi diez millones de inmigrantes hacia el oeste, impulsando el desarrollo económico en esas regiones. Esa operación fue un ejemplo clásico de “hacer mucho con poco”.

Luego, en la innovación tecnológica, Estados Unidos tampoco creó empresas directamente desde el gobierno. En 1863, fundó la Academia Nacional de Ciencias, y fomentó la investigación privada. Edison con sus “fábricas de inventos”, General Electric con sus laboratorios, son ejemplos de ello. El gobierno solo crea un entorno favorable, ofrece espacio y ayuda en momentos clave.

¿Y Alemania? Se levantó con ciencia y educación.

A principios del siglo XIX, Prusia empezó con la educación obligatoria. Tras las guerras napoleónicas, Prusia perdió territorios y pagó indemnizaciones, quedando en la pobreza, pero mantuvo su lema: “La mejor construcción es la escuela”. La fundación de la Universidad de Humboldt impulsó la educación superior alemana, formando a científicos e ingenieros de primer nivel.

Más importante aún, Alemania convirtió los logros científicos en productividad. La industria química, la fabricación de maquinaria, los instrumentos de precisión, nacieron del “laboratorio + fábrica”. Para finales del siglo XIX, Alemania superaba a Reino Unido en química, electricidad y acero.

Hoy, la estrategia de China para la innovación tecnológica sigue ese mismo camino.

04

Entender la historia, para ver claramente el futuro

La última capítulo del libro trata sobre los “treinta años perdidos” de Japón. Leerlo deja un sabor agridulce.

Tras el “Acuerdo de Plaza” en 1985, el yen se apreció mucho. Las empresas japonesas entraron en pánico y trasladaron fábricas a Asia Sudoriental. La industria interna se vació, y los empleos se perdieron. Para reactivar la economía, el Banco de Japón redujo mucho las tasas de interés, pero el dinero no se invirtió en la economía real, sino en la bolsa y en bienes raíces.

Para 1989, el índice Nikkei alcanzó los 38,915 puntos, y los precios en Tokio podían comprar toda Estados Unidos. Todos pensaron que el mito japonés duraría para siempre.

¿Y qué ocurrió después? En 1990, la bolsa colapsó, y en 1991, la burbuja inmobiliaria estalló. Desde entonces, Japón entró en una larga fase de deflación, recesión y lucha. Hasta hoy, el índice Nikkei apenas ha vuelto a los niveles de 1989. Treinta y cuatro años estancados.

Una reflexión del libro que invita a la reflexión:

“Las economías no tienen mitos eternos. La prosperidad siempre oculta riesgos. Cuando todos creen que ‘esto es diferente’, suele ser la víspera de la crisis.”

Hoy, al leer esto, uno se mantiene en alerta.

La historia de 300 años de Europa y América es una gran obra de crisis, respuesta, auge y caída.

Leer estos relatos no es solo para entretenerse, sino para encontrar patrones.

Frente a los cambios sin precedentes en un siglo, ante bloqueos tecnológicos, reconfiguración de cadenas de suministro y envejecimiento poblacional, podemos encontrar referencias en la historia.

Como dice el profesor Wang Dongjing en su libro:

“En la toma de decisiones ante desafíos y oportunidades, hay que separar lo esencial de lo superficial, lo falso de lo verdadero, y encontrar en medio de la complejidad la clave oculta.”

Entender la historia no es predecir el futuro — porque el futuro no se puede predecir. Es para encontrar en medio del cambio lo que no cambia, y en medio del caos, entender la lógica subyacente.

Cuando todos están atrapados en las fluctuaciones a corto plazo, quienes comprenden la historia mantienen la claridad.

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