En el gimnasio a altas horas, se oyen respiraciones en un rincón.


Voz masculina: “Ah… despacio… que me voy a romper…”
Voz femenina: “Aguanta un poco, en seguida entramos… relájate, ¡no aprietes tanto!”
Yo, en silencio, saco el teléfono para grabar pruebas.
El hombre grita de dolor: “¡Ese ángulo no es el correcto! ¡No puedo moverlo!”
Voz femenina, furiosa: “¡Eras tú el que insistió en ponerle peso! ¿Ahora resulta que tengo yo la culpa de que las placas de la barra se atasquen?”
Guardo el teléfono y, en silencio, dejo las mancuernas de al lado en su sitio.
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