El juego de Ormuz: del ciclo histórico a la nueva guerra encubierta de las grandes potencias



I. Tres guiones de la historia

Cuando Irán transmite a Estados Unidos a través de Pakistán los “diez puntos” y rechaza el alto el fuego, esta confrontación resuena en el eco de la historia. En el transcurso de los últimos medio siglo, el estrecho de Ormuz ha representado tres guiones clásicos.

El guion de 1973 se llamaba “embargo”. Los países árabes exportadores de petróleo usaron el petróleo como arma: cortaron el suministro a los países que respaldaban al Estado de Israel. En aquel entonces, la lógica era simple: una acción colectiva por parte de los países productores, y los países consumidores entran en pánico. Al final, esto dio origen a la Agencia Internacional de Energía y a las reservas estratégicas de petróleo; por primera vez, los países occidentales comprendieron que un estrecho podía sacudir todo el sistema económico moderno.

El guion de 1984 se llamaba “la guerra de los petroleros”. Durante la guerra entre Irán e Irak, ambos bandos atacaban petroleros, y el estrecho de Ormuz se convirtió en el campo de batalla. Estados Unidos y la Unión Soviética, dos grandes superpotencias, enviaron de manera poco habitual simultáneamente flotas de escolta, pero ninguno se atrevía a abrir fuego de verdad. Era un equilibrio de terror bajo la sombra de la Guerra Fría: dos grandes potencias nucleares mantenían un peligroso entendimiento en una vía marítima estrecha, y el conflicto quedaba controlado en una zona gris en la que ni se libraba una guerra total ni se dejaba que todo quedara completamente fuera de control.

El guion de 2026 está en proceso de escribirse. Estados Unidos lanza improperios y amenaza con “abrir el estrecho de Ormuz”; Irán se burla y responde, y además presenta los diez puntos; Pakistán actúa como intermediario. A simple vista, esto parece una repetición del guion de la guerra de los petroleros de 1984: Estados Unidos e Irán enfrentados, el estrecho con un aire de máxima tensión. Pero la historia nunca se repite de manera sencilla: cambian los actores sobre el escenario y la lógica interna del guion ya se ha reescrito por completo.

II. Estados Unidos: de escolta a parte del conflicto

En 1984, aunque Estados Unidos apoyaba a Irak, respecto al problema del estrecho mantenía una postura relativamente distante, y con la Unión Soviética se establecía de algún modo una “coparticipación”. Y en 2026 el Estados Unidos es ya totalmente distinto. Después de convertirse en uno de los principales exportadores mundiales de petróleo, en teoría su dependencia del estrecho de Ormuz se reduce considerablemente, pero eso no hizo que Estados Unidos actuara con más cautela: al contrario, le resultó más fácil llevar a cabo acciones temerarias. Porque el impacto del alza del precio del petróleo en la economía interna de Estados Unidos disminuye, y mostrar firmeza seguía siendo eficaz en la política electoral.

Los improperios de Trump no fueron un desliz; fueron una actuación meticulosamente diseñada. Su público objetivo no es Teherán, sino los votantes en Estados Unidos. Pero el problema es que, aunque ese espectáculo quizá sume puntos en Washington, en el Golfo Pérsico es una señal peligrosa. El mensaje que recibe Irán es este: Estados Unidos no tiene una estrategia real, solo amenazas cargadas de emociones. Esto refuerza, precisamente, la postura dura de Irán, porque no cree que Estados Unidos vaya a atreverse a actuar de verdad.

El dilema más profundo es que el sistema de alianzas de Estados Unidos en Oriente Medio se está debilitando. En 1984, países del Golfo como Arabia Saudita y Kuwait se alineaban claramente con Estados Unidos. En 2026, en cambio, estos países mantienen conversaciones directas con Irán. Arabia Saudita y Irán restablecen relaciones diplomáticas bajo la mediación de China, y los Emiratos Árabes Unidos también ajustan su política hacia Irán. Esto implica que si Estados Unidos e Irán chocan en el estrecho de Ormuz, Washington no necesariamente podrá obtener el apoyo total de los países del Golfo como hace cuarenta años.

III. Irán: de aislado a jugador

El cambio del papel de Irán también es igual de profundo. En 1984, durante la guerra entre Irán e Irak, Irán estuvo casi aislado por todo el mundo y solo podía resistir a duras penas. Hoy, Irán cuenta con múltiples apoyos estratégicos: firmó un acuerdo integral de cooperación de 25 años con China, desempeña el papel de proveedor de drones en la economía de guerra de Rusia, logró una reconciliación histórica con Arabia Saudita y, además, es miembro oficial de la Organización de Cooperación de Shanghái.

Estos cambios le dan a Irán una confianza sin precedentes al enfrentarse con Estados Unidos. Envía el mensaje a través de Pakistán, no porque tema responder directamente, sino porque quiere mostrar una postura: “Tengo la capacidad de marcar la agenda”. Aunque el contenido específico de los diez puntos no se ha hecho público, se puede suponer de manera razonable que incluye la eliminación permanente de las sanciones, el reconocimiento del papel de Irán en los asuntos regionales, la seguridad garantizada, etc. Estas condiciones son inaceptables para Washington, pero Irán no tiene prisa: considera que el tiempo está de su lado.

Otro cambio de Irán es que ha aprendido a librar una guerra asimétrica de opinión pública. Cuando Trump lanza improperios, las embajadas y consulados de Irán en varios países no responden con reproches; responden con sarcasmo, proverbios y apelaciones a la “altura moral”. Citar a Mark Twain, criticar “la conducta de los niños que no saben perder” y llamar al pueblo de Estados Unidos a mantener su dignidad: estas tácticas son especialmente contundentes en la era de las redes sociales. Desactivan la seriedad de la amenaza de Estados Unidos y, al mismo tiempo, atraen la simpatía de la opinión pública internacional.

IV. China: la nueva variable de los grandes países

En la guerra de los petroleros de 1984, China prácticamente no tuvo papel. En 2026, en cambio, China es el mayor comprador de petróleo de Irán, el “socio todo clima” de Pakistán, el mediador en la reconciliación entre Arabia Saudita e Irán y también un destino importante para las exportaciones energéticas de los países del Golfo. La postura de China en la crisis de Ormuz se ha convertido en el centro de atención de todas las partes.

Los intereses de China son complejos. Por un lado, China necesita precios estables del petróleo para sostener la manufactura y el crecimiento económico, y no espera que el estrecho se bloquee de verdad. Por otro lado, a China le conviene que Estados Unidos se desgaste en Oriente Medio, porque eso le hará quedar más atado a sus recursos globales. Por lo tanto, la estrategia de China es: en los espacios públicos, pedir contención y diálogo; en privado, mantener comercio normal con Irán y, al mismo tiempo, acelerar la construcción de la liquidación en renminbi del petróleo y los corredores energéticos terrestres (como el Corredor Económico China-Pakistán), para reducir la dependencia a largo plazo del estrecho.

Pakistán, como intermediario, también refleja la influencia indirecta de China. Sin el tácito permiso de China, Pakistán no estaría tan dispuesto a asumir de forma proactiva ese papel. A través de Pakistán, China mantiene al mismo tiempo su estrecha relación con Irán, evita el enfrentamiento directo con Estados Unidos y, además, obtiene un importante apoyo diplomático desde el punto de vista geográfico.

V. Rusia: echa leña al fuego, pero no se quema

Rusia desempeña un papel de “beneficiaria” en el tablero de Ormuz de 2026. Los precios altos del petróleo nutren directamente las finanzas de guerra de Rusia, y la atención de Estados Unidos en Oriente Medio se dispersa, lo que reduce la presión de Rusia en la dirección de Ucrania. Por lo tanto, Rusia tiene motivos suficientes para alentar a Irán a mantener una postura dura.

Pero Rusia también tiene sus propias líneas rojas. No quiere que el estrecho estalle en una guerra total, porque eso podría hacer que los precios del petróleo se descontrolen y desencadenar una recesión económica global que, en última instancia, se vuelva en contra de Rusia misma. Además, Rusia tiene mecanismos de coordinación con los países del Golfo (especialmente Arabia Saudita) dentro del marco de la OPEP+. Rusia necesita mantener esa relación de cooperación. Por eso, la actitud de Rusia puede resumirse así: apoya la firmeza diplomática de Irán, pero no respaldará aventuras militares de Irán.

VI. Europa: parte interesada marginada

En 1973, Europa era el aliado más firme de Estados Unidos, y afrontaron juntos la crisis del petróleo. En 1984, Europa siguió a Estados Unidos y participó en las escoltas. Y en 2026, el papel de Europa ya se ha vuelto ambiguo. Dentro de Europa hay discrepancias sobre la política hacia Irán: Francia y Alemania se inclinan por el contacto diplomático, mientras que los países de Europa del Este están más cerca de la postura de Estados Unidos. Más importante todavía: Europa está ocupada enfrentando la crisis energética posterior al conflicto entre Rusia y Ucrania y sus propias dificultades económicas, y carece de capacidad para una acción unificada sobre el tema de Oriente Medio.

Sin embargo, en cuanto Ormuz se complique de verdad, Europa será una de las principales víctimas. Aunque la dependencia europea del petróleo de Oriente Medio y del gas natural licuado ha disminuido, todavía no se ha eliminado. Una tensión sostenida en Ormuz significa que los precios de la energía en Europa se mantendrán en niveles altos, erosionando aún más su capacidad competitiva industrial. Por eso, Europa impulsa en secreto soluciones diplomáticas y, incluso, intenta sortear a Estados Unidos para hablar directamente con Irán, pero los resultados son escasos.

VII. El ritmo y la ruptura de la historia

La historia no se repite, pero rima. El enfrentamiento de Ormuz de 2026, con respecto a 1973 y 1984, comparte lo siguiente: una vía marítima estrecha, varios países con mutua desconfianza y una tensión que puede salirse de control en cualquier momento. Pero las diferencias son todavía más importantes.

La primera diferencia es el cambio en la estructura global de poder. En 1973 era la bipolaridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética; en 1984 era el inicio del mundo unipolar dominado por Estados Unidos; y en 2026 es la competencia multipolar entre Estados Unidos, China y Rusia. Irán ya no solo tiene un “rival de súper potencia”, sino que puede maniobrar entre múltiples grandes países.

La segunda diferencia es la fluidez de las alianzas. En 1984, los bandos eran relativamente claros. Hoy, Arabia Saudita e Irán se reconciliaron; los Emiratos Árabes normalizaron sus relaciones con Israel; China mantiene buenas relaciones con todos los países del Golfo; y Rusia coopera con Irán, pero sin estar completamente sincronizada. No hay amigos fijos ni enemigos fijos; solo intereses que cambian.

La tercera diferencia es que la energía en sí se está redefiniendo. La transición verde, aunque todavía no ha cambiado por completo las reglas del juego, ya ha cambiado las expectativas. Todos saben que el valor estratégico del petróleo irá disminuyendo gradualmente en las próximas décadas. Esto significa que la “carta del estrecho” de Irán tiene una cuenta atrás: si no se usa hoy, mañana podría valer mucho menos. Esa urgencia impulsa tanto la postura dura de Irán como aumenta el riesgo de cálculos erróneos.

VIII. Conclusión: el tablero viejo, los nuevos jugadores

Irán rechaza el alto el fuego, propone diez puntos, se burla de los improperios de Trump y envía mensajes a través de Pakistán. Estas acciones combinadas constituyen una señal: Irán ha aprendido a sobrevivir y a beneficiarse en las grietas del enfrentamiento entre grandes potencias. Ya no es el combatiente aislado de 1984 que no tenía a nadie; es un jugador regional con múltiples retaguardias estratégicas.

Estados Unidos todavía posee el poder militar más fuerte, pero ha perdido esa cohesión de alianzas y esa paciencia estratégica que antes tenía. Los improperios de Trump y las propuestas posteriores reflejan la mentalidad contradictoria de Estados Unidos en Oriente Medio: quiere quitarse el peso de encima, pero no quiere admitir su declive.

China y Rusia observan, esperan y, en silencio, moldean una situación favorable a sus propios intereses. Europa busca una salida en medio de la ansiedad, pero se queda corta en capacidad.

El estrecho de Ormuz sigue siendo estrecho, pero los jugadores a ambos lados ya han cambiado varias rondas. El guion viejo se está rompiendo; el guion nuevo aún no está terminado. Antes de que el guion quede fijado, cada petrolero, cada dron y cada frase con improperios en ese estrecho puede convertirse en el detalle que reescribe el final.
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