Hay un fenómeno psicológico que últimamente me importa cada vez más: la ley de Beep. Dicho sea de paso, un poco duele—si ayudas a un amigo o a un compañero con un montón de cosas, al principio te agradecen, pero poco a poco empiezan a dar por sentado tus esfuerzos. En cuanto una vez no puedes ayudar, la otra persona en cambio se siente menos contenta, como si creyera que has cambiado. Yo también he caído en ese agujero: durante mucho tiempo quise ser un “buenazo”, pero descubrí que la gratitud cada vez iba disminuyendo, mientras la expectativa aumentaba.



En realidad, detrás de esto no hay frialdad en la naturaleza humana, sino un mecanismo del cerebro. Al principio, cada persona reacciona con fuerza ante los estímulos; cuando las repeticiones son muchas, el cerebro empieza a “acostumbrarse”, y la reacción se vuelve cada vez más débil. Es como la primera vez que alguien te regala algo: te alegras mucho. La segunda vez todavía puede conmoverte, pero si se repite muchas veces, acaba volviéndose algo normal. En psicología a esto se le llama “adaptación al estímulo”; dicho de forma sencilla, es el modo de ahorro de energía del cerebro.

Lo que todavía es más interesante es la explicación desde la neurociencia: las cosas buenas al principio traen una gran cantidad de dopamina, haciéndote sentir emocionado y feliz, pero el sistema de recompensa del cerebro aprende muy rápido a predecir esas cosas buenas, y cuando de verdad llegan, ya no te emocionan tanto. Por eso pasa la etapa del enamoramiento: después de hacer lo mismo otra vez, la sensación ya no es tan intensa. Esta idea es parecida a la “utilidad marginal decreciente” de la economía—con la misma inversión, al principio la devolución es alta, pero cuando luego sigues poniendo más, el estímulo que recibes va disminuyendo poco a poco.

El psicólogo Beep hizo un experimento clásico con pesas para verificar esta ley. Hizo que la gente sostuviera una pesa de 400 gramos y luego se cambiara por una de 405 gramos; la mayoría podía notar que pesaba más. Pero si la primera vez era 4000 gramos y solo se añadían 5 gramos, casi nadie era capaz de distinguirlo. La sensación se convierte en un juego de umbrales. Esto no solo aplica a sensaciones físicas, sino también a las relaciones interpersonales, a la psicología del consumo e incluso a la formación de hábitos. En 2016, la revista de psicología en Reino Unido publicó un experimento: hizo que los participantes recibieran cada día “pequeñas atenciones” en cantidades diferentes, y como resultado, la novedad ante las recompensas de alta frecuencia desapareció rápidamente. En cambio, cuando se reduce la frecuencia de las recompensas, las personas las valoran más y las recuerdan con más intensidad. Qué cosa tan inquietante—a veces, menos es más.

Entonces, ¿cómo se revierte este “efecto marginal de la entrega”? Primero, hay que controlar a propósito la frecuencia con la que das, para que la benevolencia se vuelva escasa. No des desde el principio sin reservas; especialmente en relaciones recién creadas, una amabilidad de baja frecuencia y alta calidad suele ser mucho más fácil de valorar que estar siempre disponible cuando te llaman. Cuando un amigo te pide ayuda, a veces actúa de manera proactiva y a veces dice: “esta vez no me viene bien, pero la próxima seguro que haré todo lo posible”; esto hace que el otro vuelva a experimentar esa sensación de expectativa. En segundo lugar, crea pequeños cambios para aumentar la imprevisibilidad. Al cerebro le encantan las sorpresas; lo que puedes hacer no es repetir mecánicamente lo mismo de siempre, sino cambiar periódicamente el estilo y expresar tu interés con diferentes métodos nuevos. Esto se nota especialmente en la gestión de relaciones, la motivación de equipos e incluso en las relaciones familiares entre padres e hijos. Lo más importante es mantener con elegancia tus límites y aprender a decir que no de forma moderada. Cada acto de buena voluntad debe dejarle claro al otro que no es algo que se consiga fácilmente; establecer límites, en el fondo, es mantener el “umbral psicológico” de las emociones.

Al final, no tomes la ley de Beep como un “escudo defensivo” para relacionarte con la gente. Los profesionales no la usan para calcular a los demás, sino para aprender a regular su propia sensibilidad: dar con criterio, de manera selectiva, y poner la buena voluntad en las personas y los asuntos que realmente la merecen. No dejes que tu sentido de valía dependa por completo de la respuesta de los demás, y mucho menos conviertas el buen corazón en una “moneda dura” que siempre esté en oferta y siempre se descuente. Si puedes aplicar la ley de Beep a la autoconciencia, cada vez que seas tú quien dé el paso con una benevolencia activa tendrá más peso. Gestiona con cuidado tu umbral de entrega: sé sensible cuando toca y sé insensible cuando sea necesario. Pase lo que pase con la forma en que los demás respondan, ya no hará que pierdas el control de tu iniciativa en las relaciones.
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