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Acabo de volver de Malasia y honestamente me sorprendió cuánto hay para explorar más allá de Kuala Lumpur. Mucha gente no sabe bien dónde queda Malasia geográficamente, pero una vez que llegas al sudeste asiático entiendes que es el corazón de todo. Está entre Tailandia e Indonesia, y aunque todos pasan por KL, el país tiene atractivos increíbles si te animas a moverte un poco.
Llegué a la isla Langkawi desde Tailandia y fue una de esas decisiones que cambian un viaje. El nombre viene de dos palabras: helang (águila) y kawi (marrón rojizo), por un águila endémica que tiene un monumento de 45 metros en la Plaza del Águila. Las playas son hermosas, pero lo que me voló la cabeza fue el teleférico. Subes 700 metros en 20 minutos y desde arriba ves toda la geografía de la isla. Hay un puente de 125 metros colgando en el aire que es casi irreal.
Ahora bien, dónde queda Malasia en términos de cultura es fascinante. Es una nación musulmana pero con libertad de culto, así que ves mujeres con velo islámico caminando al lado de otras con bindi rojo. La historia de colonización portuguesa, holandesa y británica dejó capas de identidad que todavía ves en la arquitectura y la gastronomía. En Langkawi visitamos el Dream Forest, una experiencia nocturna donde el bosque se ilumina en 3D y aparecen gigantes de la mitología malaya. Fue surrealista, honestamente.
Desde Langkawi bajé a Penang, completamente diferente. Patrimonio de la Humanidad desde 2008, esta isla respira cultura peranakán. Eso significa descendientes de inmigrantes chinos casados con locales que crearon su propia identidad. La Mansión Pinang Peranakan es increíble: dos pisos llenos de antigüedades que muestran cómo mezclaban lo chino, lo británico y lo malayo. En las calles Armenia y Ah Quee hay arte callejero que combina murales con objetos reales, tipo una moto de verdad con un niño pintado.
Penang Hill fue otro punto alto. Un funicular te lleva a una colina de selva tropical donde se ven miles de plantas, orquídeas raras, flores carnívoras. Hay hamacas colgantes para contemplar. Lo que nadie te dice es que hay que mirar para arriba bajo los árboles porque los monos te orinan sin piedad. Fue cómico pero también incómodo.
Después fui al Parque Nacional Taman Negara en el centro del país. Allí está el tigre de Malasia que hizo famoso Emilio Salgari en sus novelas de Sandokán. La Canopy Walkway es el puente colgante más largo del mundo: 530 metros a 40 metros de altura. Caminamos sobre eso mientras el guía explicaba las propiedades de las plantas. También visitamos la tribu nómade batek, cazadores que viven en casillas de hojas de palmera junto al río Tahan. Los árboles bungur, gapis y melembú son gigantes.
Kuala Lumpur cambió completamente en 1992 cuando el primer ministro Mahathir decidió modernizar el país con las Torres Petronas. César Pelli ganó el concurso porque basó el diseño en la estrella de 8 puntas del islam. Se inauguraron en 1998 con 88 pisos y 425 metros. Fueron el edificio más alto del mundo durante 6 años. Siguen siendo las torres gemelas más altas. Están en el KLCC, un complejo enorme con parques, shoppings, hoteles.
Sobre la gastronomía, Jalan Alor es obligatorio. Un mercado callejero que abre a las 18 hasta medianoche donde probé nasi goreng, laksa (sopa de tallarín especiada), satay, roti canai. Pide todo sin picante en malayo (ta pedás) porque lo que para ellos es suave es fuerte para nosotros.
Malasia es definitivamente dónde queda el verdadero sudeste asiático. No es Tailandia ni Indonesia, pero tiene lo mejor de ambas. Playas de ensueño, selva exuberante, culturas milenarias y precios accesibles. Si vienes por esta región, no la hagas de lado.