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Miren, cada 14 de febrero pasa lo mismo: unos ven puro marketing de flores y chocolates, otros se sienten solos viendo parejas por todos lados, y después estamos los que aprovechamos la excusa para meterse de lleno en ese mundo del cine romántico que ha evolucionado tanto en las últimas décadas.
La verdad es que el cine romántico merece más respeto del que generalmente recibe. No es solo decoración de historias, es un género que cambió radicalmente con los años, que reflejó cómo fuimos entendiendo el amor según la época.
Tomemos los años treinta. Howard Hawks se armó con Katharine Hepburn y Cary Grant para hacer La adorable revoltosa, una de esas comedias disparatadas que te hace reír sin parar. Hepburn es Susan Vance, una heredera caprichosa que persigue a Grant como arqueólogo tímido. El caos que generan ella y su tigre mascota es simplemente perfecto. Es el tipo de cine romántico donde la química entre actores lo era todo.
Luego llegó Casablanca en los cuarenta. Mira, es probable que sea la película romántica más citada de la historia, pero hay una razón por la que sigue funcionando. Bogart e Ingrid Bergman crean algo que va más allá del romance: es heroísmo, es sacrificio, es ideales de libertad en tiempos de guerra. Esa escena donde cantan La marsellesa frente a los nazis... eso no es solo cine romántico, es arte.
En los cincuenta, Algo para recordar llegó para recordarnos que a veces el reencuentro duele más que la separación. Grant y Deborah Kerr en un transatlántico, enamorándose sin querer, jurando encontrarse en el Empire State en seis meses. Los malentendidos que los separan te dejan con un nudo en la garganta hasta el final.
Billy Wilder en los sesenta entendió algo fundamental: que el cine romántico podía ser afilado, tierno y cómico al mismo tiempo. Piso de soltero con Jack Lemmon es ambición chocando contra el amor. Lemmon cede su departamento a sus jefes para ascender, pero está secretamente enamorado de la ascensorista. La tensión entre lo que quiere profesionalmente y lo que siente personalmente es el corazón de la película.
Los setenta trajeron Un toque de distinción, donde George Segal y Brenda Jackson exploraron ese nuevo tipo de romance que no creía en la monogamia ni en la fidelidad tradicional. Fue un cine romántico que se atrevió a ser diferente, aunque al final traicionara su propio espíritu.
Luego vino Cuando Harry conoció a Sally en 1989. Rob Reiner y Nora Ephron resolvieron lo que nadie podía resolver: ¿pueden ser amigos un hombre y una mujer? La respuesta está en los diálogos inspirados, en Meg Ryan y Billy Crystal siendo perfectos, en Manhattan como personaje. Rescató al género de un rincón donde la industria lo había dejado morir.
Clint Eastwood tomó Los puentes de Madison en los noventa y convirtió una novela mediocre en una maravilla. Meryl Streep es Francesca, una ama de casa que posterga sus deseos, y Eastwood es Robert, un fotógrafo que encuentra en ella razón para echar raíces. Los silencios, las miradas, una camioneta vieja que se convierte en símbolo de un amor eterno. Eso es cine romántico de verdad.
Wong Kar-Wai llegó al 2000 con Con ánimo de amar, lleno de pasión contenida. Maggie Cheung y Tony Leung son vecinos que descubren que sus parejas los engañan y terminan en un idilio platónico que carga más sensualidad que cualquier romance de Hollywood de esa época. Es delicado, evocador, el tipo de película que necesitas revisar cada año.
Carol en 2015 fue diferente. Todd Haynes dirigió a Cate Blanchett y Rooney Mara en una historia de amor entre mujeres en los años cincuenta. Sofisticación, deseo, la realidad descorazonadora de un entorno social que las separa. El melodrama bellamente filmado que no tiene miedo de explorar territorios que el cine romántico evitaba.
Y ya en estos 2020, Vidas pasadas llegó nominada al Oscar. Celine Song cuenta el primer amor, el dolor del desarraigo, las elecciones que determinan nuestras vidas. Greta Lee se reencuentra con Teo Yoo, su amor de juventud de Corea del Sur, y esa vida pasada regresa para sacudir todo lo que construyó con su marido en Estados Unidos.
Lo fascinante es ver cómo el cine romántico evolucionó. Pasó de ser puro escapismo en los treinta a convertirse en reflexión sobre identidad, sacrificio, género, inmigración. Cada década dejó su marca, sus preocupaciones, sus formas de entender el amor. Y eso es lo que hace que valga la pena revisitar estas películas una y otra vez.