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Pocas transformaciones geopolíticas han sido tan radicales como la que ocurrió en Irán en 1979. Es impresionante pensar que, hace menos de 50 años, el país era prácticamente irreconocible en comparación con lo que es hoy.
Antes de la revolución islámica, Irán era una monarquía pro-occidental gobernada por el sha Mohammad Reza Pahlavi. Este régimen había comenzado con su padre, Reza Pahlavi, quien tomó el poder en 1926 e incluso cambió el nombre oficial del país de Persia a Irán. La dinastía Pahlavi apostaba por una modernización acelerada y una aproximación con Occidente, lo que creó una sociedad bastante diferente de la que conocemos ahora.
En las calles de Teherán antes de 1979, se veían mujeres con maquillaje, cabello descubierto, faldas cortas. Había bares y casinos funcionando toda la noche. La música pop y rock sonaba normalmente, sin necesidad de aprobación gubernamental. Todo esto cambiaría completamente con la llegada de los ayatolás.
Irán antes de la revolución también había experimentado avances legales interesantes. En 1963, se lanzó la llamada Revolución Blanca, un programa de modernización forzada que legalizó el sufragio femenino. Las mujeres lograron acceder a universidades, trabajar como ministras y juezas. Parecía un camino progresista, pero la realidad era más compleja.
Porque, a pesar de esa apariencia modernizadora, el régimen de los shá era una dictadura brutal. No había libertad de prensa, expresión ni oposición política real. Quienes se oponían eran detenidos por la Savak, la policía secreta, donde sufrían torturas y ejecuciones. En las zonas rurales, toda la población vivía excluida económica y socialmente. Esa contradicción entre la modernización urbana y la represión política alimentaba el descontento.
La insatisfacción explotaba principalmente por la occidentalización forzada, la corrupción desenfrenada, la desigualdad absurda y el autoritarismo. En 1979, la población se levantó y derrocó el régimen. En su lugar, estableció la República Islámica, bajo el mando del ayatolá Ruhollah Khomeini, quien se convirtió en líder supremo con control total de las Fuerzas Armadas y de los tres poderes.
Desde el punto de vista de quien observa transformaciones históricas, es fascinante ver cómo Irán antes de la revolución era tan diferente. Las Leyes de Protección a la Familia que garantizaban derechos a las mujeres fueron todas derogadas. El país adoptó un código penal rígido basado en la Sharia. Niñas de 9 años pasaron a ser consideradas legalmente aptas para casarse y obligadas a usar hijab y abaya. Hombres y mujeres ya no pueden ser vistos juntos a menos que sean parientes o estén casados.
La herencia de las mujeres es menor que la de los hombres. El consumo de alcohol, las relaciones homoafectivas, el adulterio y la apostasía se convirtieron en delitos graves. Las penas incluyen azotes, amputaciones y lapidaciones.
Quienes desobedecen son arrestados por la Guardia Revolucionaria, la llamada Policía de la Moralidad, que tiene permiso incluso para registrar viviendas. El caso de Jina Mahsa Amini en 2022 es emblemático: la joven kurdo-iraní de 22 años fue asesinada por usar el velo de una forma que la policía consideró inapropiada.
El contraste entre Irán antes de la revolución y el Irán actual es prácticamente de otro planeta. No se trata solo de ropa o música. Es sobre cómo toda una sociedad cambió de dirección en cuestión de semanas. Quien quiera entender la geopolítica moderna necesita comprender esta transformación radical.