Acabo de enterarme de una misión científica bastante fascinante que lleva más de una década en marcha en Michoacán. El achoque, ese ajolote endémico del lago de Pátzcuaro, está al borde de la extinción y los investigadores están trabajando contra reloj para evitarlo.



La situación es crítica. Este anfibio enfrenta amenazas por todos lados: contaminación del agua, sequías prolongadas, especies invasoras como las carpas asiáticas que devoran sus huevos, y además los pobladores locales lo cazan pensando que tiene propiedades medicinales. Es un cóctel perfecto para el desastre ecológico.

Pero aquí viene lo interesante. El Centro Regional de Investigación Acuícola y Pesquera de Michoacán ha desarrollado una estrategia bastante ingeniosa. Recolectan los huevos directamente del lago, los incuban en condiciones controladas y crían a los ejemplares hasta que alcanzan seis o siete meses de edad, momento en que ya pueden defenderse de depredadores como la carpa o el pez blanco. El objetivo es reproducir nada menos que 50 mil crías para reforzar la población salvaje.

Lo que me parece particularmente inteligente es que tienen reglas muy estrictas para la reintroducción. Solo liberan los ajolotes que fueron recolectados como huevos directamente del cuerpo de agua. Los nacidos en cautiverio no pueden regresar porque se han domesticado demasiado. No es improvisación, es ciencia pura.

Mientras tanto, en Michoacán coexisten dos especies endémicas de ajolote que merecen atención. Además del achoque, está el Ambystoma andersoni, conocido localmente como jaguar por sus manchas negras características, que habita en la laguna de Zacapu. El achoque resulta ser el más adaptable al cautiverio gracias a su alto potencial reproductivo, lo que facilita estos programas de conservación.

Los investigadores van más allá. Están estudiando la nutrición y reproducción de estos animales, y trabajando en un manual para que los acuacultores puedan cultivar achoques bajo las normas ambientales oficiales. Es decir, no solo buscan salvar la especie, sino también crear un modelo sostenible donde la acuacultura pueda jugar un papel en su preservación.

Esta es la clase de trabajo que probablemente no recibirá titulares sensacionalistas, pero que podría marcar la diferencia entre que una especie desaparezca o prospere. Me parece que merece más visibilidad.
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