Lo que más me llamó la atención de las imágenes que sacó el gobierno de la casa de El Mencho en Tapalpa no fue el lujo, sino todo lo contrario. Porque cuando ves esa vivienda de renta, comparada con lo que típicamente imaginamos de narcos, no es nada del otro mundo. Cuartos pequeños, paredes desnudas, una cocina desordenada. Podría ser cualquiera de esas casas en renta de 2000 pesos en Guadalajara, solo que con más refrigeradores industriales y abastecimiento para alimentar a un ejército.



Pero ahí está el punto. Los reporteros que entraron documentaron detalles que cuentan una historia completamente diferente a la que nos vendieron. Dos refrigeradores gigantes para congelar carne, medicinas para enfermedades renales, lavadora de lujo, jabón en cantidades absurdas. Inflables para niños. Un televisor todavía empaquetado. Esto no era la guarida de un fugitivo saltando de mata en mata. Era la casa de alguien que vivía ahí permanentemente, sin preocupación alguna.

Lo que me intriga es el contraste con cómo se escondieron otros capos. El Chapo, cuando lo agarraron la segunda vez, estaba en una cabaña rústica de un piso en El Limón, Durango, con menos de 65 habitantes. Solo una cocinera y las hijas de ella. Cuando lo descubrieron, corrió al bosque y se tropezó con alambre de púas. Benjamín Arellano Félix fue detenido desvestido y solo, sin escolta, en un fraccionamiento discreto. Humberto García Ábrego manejaba una vieja Estaquitas solo en una carretera. El Mayo Zambada se movía con dos personas únicamente. Todos procuraban pasar desapercibidos.

El Mencho no. Vivía en un pueblo mágico que duplica su población cada fin de semana con turismo de Guadalajara. Estaba en lo alto de una cima con vista al camino, pluma de acceso, estacionamientos amplios, cancha de basquetbol. Consumo de electricidad tan alto que debería haber levantado sospechas si alguien hubiera revisado los patrones. Eso es algo que los cárteles aprendieron a evitar después de que en Guatemala los militares asesorados por la CIA desmantelaron operaciones precisamente por incrementos anormales en consumo de luz y agua.

Las imágenes exponen algo incómodo. No era que El Mencho estuviera realmente escondido. Era que no necesitaba estarlo. Había una permeabilidad social e institucional que le permitía vivir así, rodeado de un equipo que lo atendía sin que nadie levantara una denuncia. Eso habla de protección. También abre preguntas sobre si realmente estaba al mando del CJNG o si la estructura ya funcionaba sin él. Y la más intrigante: por qué se abrieron las puertas de esa casa cuando lo capturaron. Eso debilita todo el operativo.

No era la ostentación que esperaríamos. Pero era algo más revelador: la evidencia de un sistema que lo permitía vivir así, tranquilo, en un lugar que cualquiera podría rentarse.
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