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Hace poco Trump volvió a poner sobre la mesa una cuestión geopolítica que parecía cosa del pasado: quién es realmente el dueño de Groenlandia. Declaró públicamente su intención de anexar la isla ártica argumentando razones de seguridad nacional y oportunidades económicas. Pero aquí está lo interesante: Groenlandia lleva tres siglos bajo soberanía danesa y su gobierno autónomo rechaza categóricamente cualquier operación comercial propuesta desde Washington.
La historia de por qué Groenlandia pertenece a Dinamarca se remonta bastante atrás. Los colonos escandinavos llegaron a finales del siglo X, aunque esos primeros asentamientos desaparecieron alrededor del siglo XV. El vínculo definitivo se estableció en 1721 cuando el misionero Hans Egede lideró una expedición y nuevos colonos daneses se instalaron cerca de lo que hoy es Nuuk, la capital. A partir de ese momento, la isla quedó integrada en el reino europeo.
La administración evolucionó significativamente durante el siglo XX. En 1953, Copenhague incorporó oficialmente el territorio y otorgó ciudadanía danesa a sus habitantes. Luego, en 1979, un referéndum cambió el juego estableciendo un gobierno local que gestiona la mayoría de asuntos internos, mientras que el gobierno central mantiene control sobre seguridad y defensa. Una ley de 2009 amplió aún más las competencias de Nuuk e incluso habilitó la posibilidad de independencia mediante negociaciones bilaterales.
Ahora bien, entender de quién es Groenlandia también requiere considerar su realidad actual. La isla más extensa del planeta tiene apenas 56,000 habitantes, mayormente inuit. El 80% está cubierto de hielo y la población se concentra en la costa sudoccidental. La economía depende de la pesca y subsidios daneses que representan una quinta parte del PIB local. Pero aquí viene lo crucial: el deshielo por cambio climático abrió acceso a recursos estratégicos como tierras raras, hierro y uranio.
La estrategia de Washington responde a competencia con China y Rusia, más el interés en nuevas rutas árticas. Trump incluso mencionó no descartar la fuerza militar. Lo curioso es que esto no es nuevo. Washington ya consideró la compra en 1867 simultáneamente con Alaska. Durante la Segunda Guerra Mundial, fuerzas estadounidenses ocuparon la zona tras la invasión nazi a Dinamarca. En 1946, el secretario de Estado James Byrnes ofreció $100 millones en lingotes de oro al embajador danés, pero rechazaron la propuesta. Desde 1951 existe un acuerdo regulando la presencia militar estadounidense, incluyendo la Base Espacial Pituffik.
El rechazo diplomático ha sido claro. Dinamarca y Groenlandia afirmaron que el territorio "no está en venta". El ministro danés Lars Løkke Rasmussen reconoce el derecho a la autodeterminación groenlandesa pero descarta venderla a potencia alguna. El primer ministro groenlandés Múte Egede fue más directo, instando a "romper los grilletes del colonialismo" y rechazando la anexión. Kuupik V. Kleist, ex premier local, señaló a CNN que no ve "nada en el futuro que allane el camino hacia una venta". Mark Jacobsen de la Real Escuela de Defensa Danesa explicó a BBC Mundo que la percepción regional considera la visión de Trump simplemente desfasada. La cuestión de quién es dueño de Groenlandia parece ya resuelta en el terreno político, aunque Washington siga insistiendo.