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Acabo de ver algo bastante incómodo en la Casa Blanca. Trump acababa de reunirse con la primera ministra japonesa Sanae Takaichi cuando soltó una broma que dejó a todos helados. La pregunta era simple: por qué Washington no había avisado a sus aliados sobre la ofensiva contra Irán. La respuesta de Trump fue... bueno, digamos que fue particular.
Dijo que querían el efecto sorpresa y luego preguntó "¿quiénes entienden mejor eso que los japoneses? ¿Por qué no nos avisaron de Pearl Harbor?". Lo dijo sonriendo en el Salón Oval, pero la reacción de Takaichi fue instantánea: los ojos abiertos, incómoda en su asiento. No es difícil entender por qué.
Pearl Harbor sigue siendo un punto sensible en la memoria histórica estadounidense. Ese bombardeo de 1941 mató a más de 2400 personas y fue lo que metió a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt lo llamó "una fecha que vivirá en la infamia". Así que comparar una operación militar moderna con ese ataque... bueno, fue incómodo.
Pero lo interesante está detrás de todo esto. Esta reunión se suponía que era para reforzar la alianza económica y de seguridad entre Washington y Tokio. En cambio, todo quedó marcado por la guerra con Irán y por la presión de Trump para que sus aliados hagan más.
Trump está pidiendo explícitamente que países como Japón contribuyan con buques para tareas de desminado y escolta de petroleros en el Golfo Pérsico. El cierre parcial del estrecho de Ormuz por Irán está amenazando el flujo global de petróleo. Es un problema real, pero Japón está en una posición complicada.
Por un lado, su gobierno ha impulsado una agenda más firme en defensa. Por otro, la guerra contra Irán es impopular en Japón. Su Constitución pacifista limita mucho la participación militar en conflictos externos. Takaichi se movió con cuidado: ofreció "toda la cooperación posible" e incluso sugirió mediar con países europeos. Hasta llegó a decir que Trump es el único líder capaz de alcanzar la paz mundial, lo cual fue claramente un gesto de respaldo político bajo presión.
Lo curioso es que mientras Trump minimizaba las consecuencias de la ofensiva, Takaichi advertía que la economía global está "a punto de sufrir un golpe enorme". Dos perspectivas completamente diferentes sobre el mismo conflicto.
Trump también dejó clara su frustración con la OTAN. Dijo que algunos aliados llegaron tarde al apoyo y que eso ya no le importa. "La OTAN se está volviendo más amable porque ve mi actitud, pero ya es demasiado tarde", comentó después de días criticando a varios socios por negarse a respaldar su operación contra Irán.
Esta reunión mostró exactamente lo tenso que está todo en este momento. Los aliados de Estados Unidos quieren mantener buenas relaciones, pero también tienen sus propias limitaciones internas y preocupaciones económicas. Trump, por su parte, espera compromisos más claros. El resultado: momentos incómodos como ese chiste sobre Pearl Harbor que probablemente nadie olvidará.