Acabo de revisar los datos de salud que publicó el Gobierno hace poco y hay algo que realmente preocupa. La mortalidad materna en Argentina creció un 37% en 2024. Pasamos de 3,2 a 4,4 muertes cada 10.000 nacidos vivos. No es un número menor considerando que durante dos décadas este indicador se mantuvo relativamente estable.



Lo que llama la atención es que el incremento responde tanto a más defunciones reales -183 frente a 147 en 2023- como a una caída fuerte de la natalidad. Esto significa que las personas con capacidad de gestar tuvieron 1,37 veces más riesgo de morir por causas vinculadas al embarazo, el parto o el puerperio comparado con el año anterior. Básicamente estamos retrocediendo en indicadores que habían mejorado consistentemente.

Y el problema no termina ahí. La mortalidad infantil también subió, pasando de 8 a 8,5 muertes cada 1.000 nacidos vivos. Fue el primer incremento desde 2002. Durante 2024 murieron 3.513 menores de un año. Los expertos señalan que aunque el número es inferior al de 2023, la baja se debe a que nacieron menos bebés, no a una mejora real del sistema.

Adolfo Rubinstein, ex ministro de Salud, fue claro al advertir que esto es muy preocupante porque quiebra una tendencia histórica descendente. Lo atribuyó al crecimiento de la pobreza y sus consecuencias sanitarias, un proceso que se profundizó en los últimos años. Los especialistas también mencionan que el deterioro laboral y el desempleo están dificultando el acceso al sistema de salud y reduciendo los controles preventivos.

El incremento en mortalidad infantil se concentró principalmente en muertes neonatales, las que ocurren durante el primer mes. Están asociadas a nacimientos prematuros y malformaciones congénitas, muchas potencialmente tratables. Un informe de Soberanía Sanitaria vincula esto con la crisis económica: las condiciones laborales precarias y el desempleo reducen los controles de salud y desplazan la atención hacia urgencias. También señalan que la precarización de la vida obstaculiza los controles de embarazo necesarios para garantizar partos en condiciones adecuadas.

Pablo Yedlin, médico y diputado, lo resumió bien: casi toda la mortalidad materna es prevenible. Pero para prevenirla necesitas un sistema de salud que funcione, controles accesibles y condiciones de vida dignas.

Lo que más inquieta es la desigualdad territorial. Solo 9 de las 24 provincias redujeron la mortalidad infantil. En 15 hubo aumentos, algunos superiores al 20%. Corrientes tiene la tasa más alta con 14 muertes infantiles cada 1.000 nacidos vivos, seguida por Chaco con 11,8 y La Rioja con 11,7. En contraste, Buenos Aires registró 4,9. Esta brecha refleja fragmentación del sistema sanitario y acceso desigual.

Los expertos coinciden en que tanto la mortalidad infantil como la materna funcionan como indicadores sensibles de las condiciones de vida y del desempeño de las políticas sanitarias. El hecho de que el mayor aumento esté en los primeros días de vida refuerza la relación con la calidad de los controles prenatales, la atención del parto y el cuidado del recién nacido. Después de años de mejora, esta convergencia de ambos indicadores sugiere dificultades crecientes en el acceso al sistema de salud y en la prevención de eventos que son mayormente evitables. Es un retroceso que no podemos ignorar.
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