Se fue con todo y su silla de mano, como decía su amiga Guadalupe Loaeza. Así se despidió Pedro Friedeberg el jueves 5 de marzo a los 90 años, dejando un vacío que el mundo del arte mexicano aún está procesando.



No era un artista cualquiera. Friedeberg era de esos personajes que hacían de la contradicción su manifiesto. Obsesionado con geometría, astronomía, astrología, tarot, mitología, pero sobre todo con la ironía y el sarcasmo. Todo eso convivía en sus cuadros de forma casi imposible, pero funcionaba. Era su firma.

Lo que más recuerdo de él es esa excentricidad que llevaba como un uniforme. Voz áspera, mirada burlona, arranques impredecibles pero siempre hilarantes. En 2014, cuando el Franz Mayer inauguró "Manos por México" con 186 reproducciones de su icónica mano-silla, Friedeberg llegó impecable: saco azul, suéter Ralph Lauren, sombrero fedora con motivos de cebra y una máscara de gato de cartón que no se quitó en todo el evento. Cuando le pidieron que dijera algo, solo soltó un "miau" potente y ronco. Eso era pedro friedeberg.

Cinco años después, en la presentación de "Fifípolis" en MAIA Contemporary, volvió con una máscara de murciélago. "Uso máscara porque vivo crudo", explicó sin inmutarse. Cuando los periodistas le preguntaban sobre la importancia de su obra, respondía: "lo más importante son los perros y los gatos". Y luego citaba los nombres de sus felinos favoritos: Netflix e Internet. Solo él podía hacer eso.

Pedro Friedeberg venía de arquitectura, y eso marcó todo. Su punto de fuga, su dominio del dibujo, la forma en que construía el espacio en sus obras... era evidente que había estudiado esos códigos antes de romperlos. Su obra pasó por ciclos: fue muy codiciada en el siglo XX, tuvo momentos de olvido, pero en los últimos años volvió a ser deseada por coleccionistas.

Más allá de los cuadros y las sillas-mano, Friedeberg también fue escritor. "De vacaciones por la vida" (2011), "La casa irracional" (2018), "Pedro Friedeberg" (2023)... libros que dejaban ver ese universo creativo desbordante, ese humor y esa erudición que lo definieron. Ahora Trilce prepara un volumen final: casi 500 cartas, postales y sobres de más de siete décadas. Correspondencia como archivo, como memoria escrita de su espíritu creativo.

La plana mayor del arte mexicano lo despidió: instituciones, artistas, Netflix incluso. "El mundo es un poco más surrealista hoy", escribió la plataforma. Y tenían razón. Porque Friedeberg no solo hizo arte, construyó un personaje, una máscara que amplificaba su deseo de ruptura frente a todas las formalidades. Cada pieza era un performance que se trazaba en el aire. Su obra está en museos, en galerías, en las paredes del Metro Bellas Artes, en colecciones privadas de la élite.

Sabina Berman lo resumió bien: "Adoramos a pedro friedeberg. Tengo todos sus libros, una serigrafía y una de sus sillas-mano, pero no tanto como merece su genio pop, surrealista, místico". Eso es lo que se va hoy. No solo un artista, sino una forma de entender el absurdo como verdad.
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