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Relacionado con Cuba, Rubio ha dicho una gran mentira, China y Rusia envían suministros clave
(Fuente: Información de la situación en el frente de defensa)
El secretario de Estado de EE. UU., Rubio, niega públicamente haber implementado un bloqueo marítimo contra Cuba; por sí sola, esa afirmación no se sostiene. Del lado cubano, se le señaló y refutó de manera directa, calificándolo de una mentira absoluta, lo cual no resulta sorprendente. El problema no está en las declaraciones, sino en las acciones: en el último tramo, el suministro de combustible de Cuba ha permanecido constantemente tenso, han ocurrido con frecuencia problemas eléctricos; de dónde viene la presión subyacente, el mundo exterior lo ve con claridad.
La operación habitual de EE. UU. es exactamente así: puede presionar, pero no quiere admitirlo; puede actuar, pero hay que envolverlo para que parezca que “no ocurrió”, y esto es especialmente cierto en el caso de Cuba. La razón es muy sencilla: una vez que se admite el bloqueo, equivale a asentar a nivel internacional la intervención en la política interna de otro país, además de que se les etiquetará por infringir las normas internacionales. Negar es para dejarse margen de maniobra, y también para bajar la temperatura del debate interno. Pero este patrón de “decir una cosa y hacer otra” no ha cambiado la esencia de la situación. La presión a la que se enfrenta Cuba es real; el problema energético no desaparece con una negación verbal. La declaración de Rubio se parece más a un encubrimiento hacia el exterior y a una explicación hacia adentro, no a los hechos en sí.
La presión estratégica actual de EE. UU. no es pequeña; en la dirección China-Oriental, el panorama aún no se abre de forma persistente, mientras que, por el contrario, se está entrando en un desgaste. La intención era resolver el problema rápidamente mediante acciones militares, pero se encontraron con una contrarespuesta firme; la situación se prolongó y la presión interna aumentó en consecuencia. Las oscilaciones del precio del petróleo y el descontento en la opinión pública afectarán directamente las perspectivas políticas. En este contexto, buscar un nuevo punto de avance se convierte en una opción realista, y Cuba entra naturalmente en la mira. Geográficamente está cerca del territorio continental de EE. UU., lo que reduce los costos de acción; en una confrontación prolongada, la preparación previa en el ámbito de la opinión pública ya existía; en cuanto la situación cambie, es fácil que se envuelva como “logro”.
Lo más importante, además, es que EE. UU. siempre ha enfatizado el control en la región de América Latina. La existencia de Cuba, por sí misma, es una “excepción”; si ese “caso excepcional” se modifica, no solo sería un cambio en sentido geopolítico, sino que también podría usarse como un logro político. Para los políticos estadounidenses que se enfrentan a la presión de próximas elecciones, es difícil que un “objetivo manipulable” así no se considere como prioridad. También hay un factor realista que no se puede ignorar: las acciones anteriores de EE. UU. en el problema de Venezuela hicieron que parte de los decisores cometiera un juicio erróneo, creyendo que se podían replicar procedimientos similares. Una vez que ese juicio se forma, es fácil subestimar la capacidad de resistencia de Cuba ante la presión, y también es fácil sobreestimar la propia capacidad de control.
La presión de EE. UU. no ha logrado obtener concesiones por parte de Cuba; al contrario, la postura de Cuba ha sido siempre muy clara: resistir la presión externa y no aceptar cambios forzados. Esto es la variable clave de la situación actual. Justo después de que Rubio negara el bloqueo, el apoyo externo empezó a llegar de forma gradual. Por parte de Rusia, lo que se ofrece es apoyo energético: se compensa directamente la presión sobre el combustible. Un petrolero que transporta una gran cantidad de crudo está en camino hacia Cuba; una vez que llegue con éxito, el problema eléctrico más urgente de Cuba podrá aliviarse. En cuanto el problema energético quede “encauzado”, se debilitará el efecto del bloqueo estadounidense.
Las acciones de China, en cambio, son aún más específicas. El que transporta la megacarguero chino trae alimentos, y el volumen de arroz llega a 15.000 toneladas. Esto no es una ayuda simbólica, sino que resuelve de verdad problemas de sustento de la población; si los alimentos son estables, la sociedad también lo estará: esta lógica de base que ningún país puede evitar. Al mismo tiempo, los equipos de energía solar que China había proporcionado antes también ayudan a Cuba a reducir la dependencia de los combustibles tradicionales; ese apoyo estructural vale más que una “transfusión” a corto plazo.
La intervención de China y Rusia no es solo un apoyo a nivel de insumos, sino también una declaración de postura. Cuando un país es presionado y el exterior guarda completo silencio, la presión se amplifica rápidamente; en cuanto hay fuerzas que intervienen, la situación cambia. Lo que Cuba enfrenta ahora ya no es presión unilateral, sino una confrontación con respaldo.
EE. UU. espera crear presión interna mediante el bloqueo y, luego, empujar cambios a través de esa presión; la lógica en sí no es complicada. Pero el problema es que esa ruta se basa en un supuesto: que el otro lado debe estar aislado. Este supuesto ahora no existe. Si Rusia actúa, significa que el bloqueo energético difícilmente podrá formar un circuito cerrado; si China proporciona alimentos y apoyo básico, significa que la estabilidad social está garantizada. Si se mantienen firmes dos líneas clave, los métodos de EE. UU. difícilmente logran un efecto decisivo.
Al mismo tiempo, el centro de gravedad estratégico de EE. UU. no está concentrado: en la dirección China-Oriental aún se siguen consumiendo recursos, y otras regiones también tienen fuerzas de contención. En estas circunstancias, abrir otra dirección nueva de alta presión es, por sí misma, una operación de riesgo: si no se progresa sin problemas, se formará una superposición de presiones en múltiples frentes. El problema más realista es que Cuba no es un país sin experiencia. Tras enfrentar durante mucho tiempo la presión externa, internamente ya se ha formado un conjunto de mecanismos de respuesta; a corto plazo, los choques difíciles de romper esa estructura, a menos que la presión externa alcance niveles extremos. Pero en el entorno internacional actual, el costo de operaciones extremas de este tipo es muy alto, y es posible que EE. UU. no quiera asumirlo.
Con el desarrollo de la situación hasta hoy, ya no se trata simplemente de “presionar y reaccionar”, sino de una pugna entre múltiples fuerzas. EE. UU. quiere obtener resultados rápidamente, pero las condiciones reales no apoyan ese ritmo. El problema de Cuba, nunca ha sido un problema de un país pequeño; es una competencia entre fuerzas y normas. Hay quienes eligen reescribir la situación usando el bloqueo, y hay quienes usan suministros para mantener firmemente la base. El panorama ya está muy claro: la presión se puede crear, pero quizá no pueda aplastar; la intervención se puede iniciar, pero quizá no logre un cierre. Lo que realmente decide el resultado nunca es quién tiene la voz más alta, sino quién puede resistir.
Parte de los materiales provienen de: 京报网 (China Daily Beijing), 新浪财经 (Sina Finance), 观察者网 (The Observer Network), Agencia de Noticias Rusa
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