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Más evidencia no significa más justicia: Los límites de las tecnologías visuales en casos de derechos humanos
(MENAFN- The Conversation) ** Nota del editor: Esta historia es parte de una serie de artículos de los principales académicos de ciencias sociales y humanidades de Canadá.**
Las cámaras corporales, los satélites y las herramientas de verificación digital están generando más evidencia de la violencia que nunca. Pero las instituciones responsables de impartir justicia todavía deciden qué cuenta como evidencia y qué no.
Parte de la información más trascendental sobre la violencia sancionada por el Estado tiene que ver con disputas sobre la evidencia: quién controla el video, los metadatos y los canales en los que los acontecimientos se registran en tiempo real.
En Minnesota, en enero de 2026, eso significó batallas legales y presión pública para preservar —y potencialmente compartir— el material de cámaras corporales de la Agencia de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) después de los asesinatos de Alex Pretti y Renée Good, junto con disputas más amplias sobre la transparencia federal durante operaciones de aplicación de la ley de inmigración.
Los medios nacionales han seguido cómo miembros de la comunidad usan mensajería cifrada como Signal para detectar y denunciar actividad de ICE, lo que llevó a una investigación del FBI que, según expertos en libertades civiles, pone a prueba el límite entre la observación protegida y la supuesta“interferencia”.
Mientras tanto, en Canadá, el RCMP está implementando cámaras corporales a nivel nacional, lo que plantea preguntas sobre cómo los datos recopilados por los servicios de seguridad estatales podrían proporcionar un archivo futuro para procesos de quejas, enjuiciamientos y litigios civiles.
Lo que estamos presenciando es un“régimen juriscrópico”: una enmarañada densidad de tecnologías escópicas (cámaras corporales, satélites, verificación de código abierto), protocolos científicos y horizontes probatorios legales que en conjunto determinan qué puede verse, verificarse y actuarse como“verdad”, definiendo quién cuenta como experto y qué formas de conocimiento se ignoran por considerarse anecdóticas, no científicas o no legales.
Cómo las comunidades documentan la violencia
Los ciudadanos están poniendo estas herramientas de documentación en sus propias manos.
Las familias que han experimentado violencia y la desaparición forzada o el asesinato de seres queridos están construyendo cada vez más“infraestructuras de evidencia” desde la base social con estas tecnologías.
En México, por ejemplo, colectivos —grupos de familias que buscan a sus seres queridos— han incorporado mapeo de geolocalización, levantamientos con drones y otras herramientas geoespaciales para identificar posibles sitios clandestinos de fosas y documentar búsquedas en tiempo real, tanto para generar pistas como para presionar a instituciones reacias para que actúen.
Algunos grupos están experimentando con narrativas mediadas por IA, creando“videos” en“vivo” y otras intervenciones digitales para mantener los casos visibles, mientras simultáneamente navegan nuevos riesgos como la extorsión digital y las represalias que siguen a hacer pública información personal.
En Nigeria, las familias usan redes sociales y portales emergentes de personas desaparecidas para ampliar el radio de quién podría reconocer un rostro, un nombre o una ubicación, realizando efectivamente una identificación y consejos a gran escala cuando los registros oficiales están fragmentados o son difíciles de acceder.
A lo largo de estos y muchos otros contextos en el mundo, las comunidades están organizando ayuda mutua, advirtiendo a otros sobre amenazas, preservando datos antes de que desaparezcan y transformando el duelo privado en conocimiento colectivo, accionable.
Pero la visibilidad se distribuye de manera desigual.
A menudo, este“revolución de la evidencia” se trata como si una mejor visibilidad produjera una mejor justicia, pero en la práctica, los tribunales y las instituciones legales deciden qué se vuelve inteligible como verdad. Es este control de acceso lo que distorsiona qué daños se reconocen y se actúan sobre ellos, y lo que reduce el alcance de cómo se ve la justicia.
Los límites legales de la evidencia digital
Los profesionales de derechos humanos y de justicia internacional están recurriendo cada vez más a la evidencia digital y visual —imágenes satelitales, video aportado por la multitud, geolocalización y análisis asistido por IA— para documentar daños y responsabilizar a los perpetradores.
Volverse hacia estas tecnologías puede incluso profundizar la distancia entre quienes son victimizados y la evidencia destinada a ayudarlos.
Los familiares de las personas desaparecidas con frecuencia tienen un conocimiento amplio, pero su experiencia puede no tomarse en serio.
La ley redefine lo que significa“evidencia”, y hasta la mejor tecnología debe pasar por reglas probatorias y prioridades institucionales, que reducen lo que puede ser accionado, a menudo de formas poco transparentes.
Nuestros hallazgos de investigación recientemente publicados muestran que estos sistemas vuelven ciertas formas de daño más inteligibles que otras. Si bien esto es útil para ciertos procesos probatorios, las desapariciones, las abducciones y muchas formas de violencia estatal pueden resultar virtualmente imposibles de“ver” desde arriba.
En Nigeria, por ejemplo, esos sesgos ópticos también pueden reproducir jerarquías más antiguas: las comunidades que se alinean con la tenencia de tierras moderna y patrones fijos de asentamiento pueden ser más inteligibles que las poblaciones nómadas o desplazadas, lo que moldea qué daños viajan como evidencia autorizada.
Lo que vemos es que las tecnologías ópticas y digitales no solo revelan la verdad; se traducen y se autorizan a través de instituciones legales y jerarquías de expertos, a veces dejando de lado el conocimiento de base.
En la Corte Penal Internacional (CPI), por ejemplo, donde podrían escucharse casos de atrocidad masiva y desaparición, las reglas probatorias y las prioridades institucionales del tribunal —las formas en que determina admisibilidad, relevancia y valor probatorio— actúan como obstáculos para admitir evidencia. En el caso de evidencia derivada tecnológicamente, el tribunal se apoya en unos cuantos expertos técnicos para volverla inteligible para los jueces.
Como resultado, los juicios técnicos socialmente construidos gobiernan la producción de conocimiento. La ciencia forense hace explícito lo que la ley de evidencia de la CPI a menudo implica: que la evidencia no es una cosa, sino una inferencia.
Ampliar los marcos probatorios para la justicia
Cuando una madre en México o una hermana en Nigeria busca a un ser querido desaparecido o asesinado, ella entra en un régimen de evidencia mucho antes de que cualquier tribunal lo haga. Su archivo de“evidencia” comienza como una serie de datos —mensajes, avistamientos, fragmentos, rumores, mapas. La ciencia forense nos enseña qué debe ocurrir con estos datos para que se vuelvan evidencia viable: ¿existe una cadena de custodia? ¿Control de contaminación? ¿Métodos validados? ¿Declaraciones honestas sobre la incertidumbre?
Pero la necesidad de la familia de conocer la verdad de lo ocurrido expone los límites tanto de la ciencia forense como de los tribunales internacionales.
Una huella de evidencia puede ser decisiva existencialmente y, aun así, inadmisible institucionalmente; científicamente interpretable y, sin embargo, socialmente insuficiente; jurídicamente persuasiva y, aun así, demasiado tarde para poner fin a la desaparición como una condición cotidiana vivida.
En ese vacío, la lucha no es solo por los hechos, sino por saber de quién se vuelve oficial el conocimiento y si la verdad se trata como un derecho que se le debe a las familias, en lugar de un subproducto del enjuiciamiento.
Necesitamos un régimen más expansivo de lo que cuenta como evidencia en los tribunales, avanzando hacia un enfoque que considere la documentación como política, que trate al derecho como un lente constrictivo tanto como una solución, que exija que los proyectos de rendición de cuentas se basen nuevamente en el conocimiento local y las prioridades de base, y que reconozca que varias formas de daño no se convierten de manera ordenada en categorías probatorias.
También necesitamos ampliar el alcance de quién cuenta como experto, incluir la práctica forense vernácula de las familias e incorporar el trabajo encarnado de buscar, mapear y resistir.
A menos que cambiemos cómo se ve la justicia, seguiremos perdiendo muchísimas cosas.
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