Eduardo Saverin fue el cofundador de Facebook que se convirtió en el principal cautionario de una de las mayores diluciones de capital accionario en la historia empresarial. A principios de 2005, Saverin poseía 34.4% de la empresa—más de 1.3 millones de acciones—resultado de su inversión inicial de $500,000 que ayudó a lanzar la red social desde una habitación en Harvard. Sin embargo, cuando finalizó una ronda de financiamiento, sus acciones fueron silenciosamente diluidas a apenas 0.03%.



El mecanismo fue simple pero brutal: nuevas emisiones de acciones fueron autorizadas sin su consentimiento, reduciendo automáticamente su participación porcentual. Mark Zuckerberg, el fundador mayoritario, lideró esta maniobra corporativa que efectivamente expulsó a Saverin del poder de decisión. Lo que comenzó como una asociación entre amigos terminó en una de las traiciones más documentadas del mundo tecnológico. Eduardo Saverin nunca recuperó su influencia en Facebook, aunque posteriormente negoció una compensación y se convirtió en inversor de otras empresas tecnológicas, aprendiendo así que en las guerras corporativas, incluso el dinero inicial no garantiza la supervivencia accionaria.
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