De niño, mi tía siempre me llevaba a los baños públicos para mujeres a bañarme, ¡y cada vez iba muy de mala gana!



Le pregunté a la tía que cuidaba la puerta: ¿Cuándo podré dejar de venir a los baños para mujeres?, y ella me respondió: Cuando quieras venir, ya no podrás...

¡Ahora siento que la tía que cuidaba la puerta era toda una filósofa!
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