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Derecho a estar desconectado - ForkLog: criptomonedas, IA, singularidad, futuro
En un mundo donde las neuroredes escriben código y el acceso a los servicios gubernamentales requiere escanear huellas dactilares, crece el movimiento consciente de rechazo a los identificadores digitales y al uso de asistentes de IA. El grupo social en formación prioriza la “opacidad” sobre la conveniencia.
ForkLog analizó por qué la resistencia a la digitalización se convierte en un signo de élite, cómo los “nuevos ludditas” luchan por el derecho a la anonimato y por qué el dinero en efectivo se transforma en una herramienta de protesta política.
La lucha por la mente, no contra las máquinas
El término “ludditas” a menudo se confunde erróneamente con la technofobia. Pero los trabajadores del siglo XIX rompían máquinas no por miedo al progreso, sino porque los fabricantes implementaban tecnologías para reducir salarios y abaratar la producción. La resistencia moderna tiene la misma raíz. La gente no se opone a las tecnologías en sí, sino a cómo las corporaciones y los gobiernos las usan para controlar y desvalorizar el trabajo humano.
Estudiantes y profesionales cada vez rechazan más la IA generativa: según The Washington Post, aumenta el número de quienes evitan principlamente las neuroredes. El 50% de los adultos en EE. UU. está más preocupado por la implementación generalizada de la inteligencia artificial que entusiasmado con ella. En 2021, esa cifra era del 37%.
A pesar de la popularidad de herramientas como ChatGPT y GitHub Copilot, algunos especialistas en TI señalan una disminución en la eficiencia laboral. Los programadores cuentan que deben dedicar tiempo a corregir errores generados por los asistentes de IA.
También temen que las habilidades de los empleados más jóvenes se degraden. Los juniors que dependen de asistentes de IA corren el riesgo de no dominar la base necesaria para entender profundamente la profesión y para el mentoring en el futuro.
Los funcionarios y empleados que manejan datos confidenciales evitan los chatbots por el riesgo de filtraciones y errores. Un empleado de una agencia federal estadounidense que trabaja con estadísticas destacó que la aparición de datos inventados por la neurored en informes oficiales destruiría instantáneamente la confianza pública.
La resistencia a la IA se convierte en parte de la estrategia empresarial en profesiones creativas. Diseñadores y artistas usan insignias Not by AI para destacar el valor del trabajo humano. El fundador de la iniciativa, Allen Xu, opina que sin contenido creado por humanos, la calidad de los datos de entrenamiento para futuros modelos inevitablemente caerá.
Pasaporte digital como collar
La lucha social también gira en torno a los sistemas Digital ID. En diciembre de 2025, en Reino Unido, los planes del gobierno de implementar tarjetas digitales obligatorias provocaron una protesta sin precedentes. Una petición contra la iniciativa reunió casi 3 millones de firmas, siendo una de las más populares en la historia del parlamento. Las protestas fueron respaldadas por organizaciones de derechos humanos como Amnesty International y Big Brother Watch.
Los críticos calificaron la implementación de estos sistemas como un paso “no británico” y una violación de las libertades básicas. Compararon con el sistema de crédito social en China, advirtiendo que vincular el acceso a servicios básicos (transporte, hoteles, empleo) a un perfil digital podría conducir a la discriminación por motivos políticos u otros.
La iniciativa fue rechazada por conservadores, verdes, liberales-demócratas, el partido Reform UK y una gran parte de los laboristas. Los parlamentarios señalaron que la propuesta de introducir IDs digitales no estaba en el programa electoral del partido ganador, por lo que el gobierno no tiene mandato para ampliar tan ampliamente las funciones del Estado.
Los defensores de derechos, como Electronic Frontier Foundation, criticaron el plan gubernamental de lanzar un sistema de identificación digital. Advirtieron que las funciones del Digital ID inevitablemente se expandirán. Lo que empieza como una “verificación del derecho a trabajar” rápidamente se convierte en una llave universal sin la cual no se puede acceder a internet, comprar billetes de tren o recibir atención médica.
Gabi Hinsliff, del The Guardian, también criticó la iniciativa de Digital ID. Para ella, esas bases de datos son un regalo para cualquier régimen autoritario. Herramientas creadas por políticos para “combatir la migración ilegal” podrían ser usadas en el futuro por radicales para deportaciones masivas y seguimiento de opositores mediante reconocimiento facial. Hinsliff describió la propuesta como “una política de entorno hostil en tu bolsillo”.
Finalmente, las autoridades tuvieron que abandonar la idea de hacer el sistema obligatorio. La situación en Reino Unido es ejemplar: incluso en economías desarrolladas, la sociedad no está dispuesta a sacrificar la privacidad por los beneficios de la digitalización.
Tendencia global hacia la digitalización de la identidad
Los gobiernos de diferentes países impulsan de manera sincronizada iniciativas para reemplazar documentos físicos por equivalentes digitales. En EE. UU., se promueve activamente el uso de licencias de conducir móviles (mDLs), almacenadas en smartphones.
El principal argumento de los promotores es la conveniencia y eficiencia. Chris Skinner, en su blog The Finanser, señala que los gobiernos ven el Digital ID como una herramienta para acelerar trámites burocráticos y actualizar los datos de los ciudadanos. Un ejemplo frecuente es el sistema Aadhaar en India, que cubre a más de mil millones de personas.
Empresas tecnológicas también participan. Apple integró soporte para credenciales estatales en Apple Wallet. La compañía asegura que los datos están cifrados y no son accesibles para la propia Apple. Sin embargo, la desconfianza de los usuarios crece en proporción a la rapidez de la implementación.
Vulnerabilidades técnicas y la función de “llamada a casa”
Expertos en ciberseguridad advierten sobre amenazas ocultas en los propios estándares de los documentos digitales. Timothy Raff, especialista en identidad digital, señala problemas en el estándar ISO 18013, base de los mDLs.
Este estándar contempla un modo de “extracción en servidor”, que crea el riesgo de un mecanismo de “llamada a casa”, permitiendo al emisor del documento (el Estado) rastrear cuándo, dónde y por quién fue presentado.
Los ciudadanos consideran que las promesas de los políticos de no usar esa función no garantizan suficiente protección de la privacidad.
Fin del anonimato en línea
En EE. UU. y Canadá, la implementación del Digital ID está vinculada a leyes de verificación de edad y regulación de redes sociales. En particular, se menciona el litigio NetChoice, LLC v. Bonta en California. Según los usuarios, exigir un documento oficial para usar servicios en línea prácticamente elimina el anonimato en internet.
Existe el temor de que los datos del Digital ID se integren con sistemas de IA para perfilamiento de ciudadanos. Esto permitiría a corporaciones y gobiernos rastrear no solo movimientos, sino también huellas digitales, hábitos de consumo y relaciones sociales.
Exclusión social y coerción
Los críticos señalan que la tecnología tiene carácter discriminatorio. La obligación de tener un smartphone para almacenar el ID excluye a los sectores socialmente vulnerables, especialmente a los mayores.
En los debates se argumenta que se trata de un “progreso forzado”: no tener dispositivo o rechazar las condiciones de Apple/Google puede significar la pérdida de derechos civiles — imposibilidad de acceder a servicios bancarios, atención médica o comprar alimentos. La situación se resume en la frase de un sketch británico: “la computadora dice que no”.
Memoria histórica y desconfianza
La actitud hacia la identificación digital depende de la experiencia histórica y cultura de cada país. En Europa del Este, como Hungría, la memoria del control totalitario genera rechazo a cualquier forma de control estatal. En Suecia, pese a su alto nivel de digitalización, los ciudadanos son escépticos respecto a los chips NFC implantados, por miedo a la vigilancia.
El enfrentamiento se reduce a la elección entre comodidad y libertad. Los gobiernos buscan un control total de los ciudadanos. La sociedad exige derecho a la privacidad y protección contra el “autoritarismo digital”. Por ahora, ninguna de las partes está dispuesta a ceder.
La privacidad, un lujo nuevo
La estratificación social adopta una nueva forma. Los ricos pagan por ser “invisibles” y comunicarse con personas reales. Los pobres están condenados a vivir bajo vigilancia constante de algoritmos.
Investigaciones del Institute of Development Studies muestran que los ID digitales, promovidos con el lema de inclusión, en realidad profundizan la desigualdad. Personas sin smartphones, sin internet o con baja alfabetización digital quedan fuera de la vida social. Si para acceder a una cuenta bancaria o a una ayuda social se requiere rostro y teléfono, la pobreza se vuelve sinónimo de esclavitud digital.
Contracultura de los soportes físicos
Frente a la digitalización total, crece la demanda de experiencias analógicas — una elección consciente de interacción física con el mundo. No es nostalgia, sino una forma de proteger la soberanía personal:
La clase emergente de “rechazadores digitales” demuestra que las tecnologías deben seguir siendo herramientas en manos del individuo, no sistemas que determinen su estatus social. El derecho a no ser digitalizado, reconocido y predicho por algoritmos, se vuelve la principal demanda política de la década.