El precio del petróleo tiene agarrada a Estados Unidos por su punto débil: lo que teme Estados Unidos no es la recesión económica sino el desgarramiento interno

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Durante mucho tiempo, los estadounidenses han creído en una narrativa: la revolución del esquisto convirtió a Estados Unidos de un país importador de energía en un exportador neto, poniendo fin a la era en la que el petróleo del Medio Oriente los “estrangulaba”. Los datos parecen respaldar esta afirmación: en 2019, Estados Unidos logró por primera vez en más de 60 años ser un exportador neto de energía, la producción de petróleo crudo aumentó un 50% en la última década y la capacidad de exportación de gas natural licuado (GNL) se amplió en un tercio en comparación con el período de conflicto entre Rusia y Ucrania en 2022.

El actual estatus de Estados Unidos como gran potencia energética, sin duda, le da mayor capacidad para resistir los impactos externos en el suministro de energía. Goldman Sachs estima que la guerra con Irán reducirá el crecimiento del PIB de Estados Unidos en 0.3 puntos porcentuales, hasta un 2.2%. Esta cifra total parece moderada, casi insignificante.

Pero el problema radica precisamente en que esa moderación en la cifra total oculta un dolor estructural profundo.

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