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También he soñado despierto con contar dinero tumbado. Pero la realidad me enseñó una lección: este mercado puede hacerte disfrutar al máximo, pero en cualquier momento puede devolverte el golpe y estrellarte aún más fuerte.
En aquel verano de 2019, de verdad pensé que era el elegido. Mi cuenta de ETH, en menos de dos meses, subió de 300.000 a 3.890.000, y al ver esa curva casi vertical, me sentía en las nubes. Cada día, lo primero al abrir los ojos era revisar el mercado, comía con el móvil al lado del bol, y hasta soñaba por la noche con velas verdes disparándose hacia arriba. ¿Hasta qué punto me había crecido el ego? Compartía capturas de mis beneficios en las redes, y cuando escribí “ni una máquina de imprimir billetes es tan rápida como yo”, ni me tembló el pulso.
Ahora que lo pienso, eso no era ganar dinero, era el destino dándome una falsa sensación de seguridad.
Tres meses, solo me bastaron tres meses. El mercado dio la vuelta y me estampé del cielo al barro. Las principales criptomonedas se desplomaron, el apalancamiento que había añadido se convirtió en una sentencia de muerte, y los más de 3,4 millones se redujeron en un abrir y cerrar de ojos a 50.000 euros; casi ni pude pagar la comisión de liquidación. Mirando aquella notificación roja de liquidación, me sentí como si me hubieran puesto en pausa, con la mente en blanco. Cuando por fin reaccioné, entendí que la suerte es lo más poco fiable que existe.
En estos diez años en el sector, he visto muchísimas tragedias. En 2021, un colega hipotecó su casa, invirtió todo en una altcoin, multiplicó por ocho pero no quiso retirarse, y tras una corrección se quedó a cero; ahora sigue viviendo de alquiler. Y esos que siempre hablan de “fe”, en el mercado alcista son los más firmes, pero cuando llega el bajista, se convierte en autoengaño. En el fondo, la mayoría de los que presumen de “pensamiento a largo plazo” solo buscan una excusa bonita para justificar que están atrapados.
Los que sobreviven a tres ciclos de mercado alcista y bajista no lo logran por tener alguna habilidad especial, sino por un instinto de supervivencia grabado en el ADN.
Después de esa gran pérdida, abandoné por completo la mentalidad de jugador y me impuse tres reglas inquebrantables. Y fueron esas tres reglas las que me permitieron, desde las ruinas de esos 50.000 euros…