Cada vez que vuelvo a casa, mi madre llena mi maleta.


Carne de cerdo curada. Salchichas. Verduras en escabeche. Manzanas. Su propia salsa de chile hecha en casa. Botellas de agua mineral envueltas en tres capas de plástico.
Yo digo, en la ciudad se puede comprar.
Ella dice, no es lo mismo en casa.
El año pasado, en el Día del Trabajo. Cuando me iba, ella llenaba la maleta como siempre. Yo, como siempre, empujaba.
Empujando, empujando. Ella se detuvo.
"¿No te molesta el trabajo?"
Yo digo, no.
"Si te molesta, no lo llenaré más."
Ella sacó las cosas una por una. Las volvió a poner en la nevera. Con movimientos muy lentos.
Yo estaba en la puerta. La maleta vacía.
Ese día no llevé nada.
Al abrir la maleta en la ciudad.
Había una botella de salsa de chile.
Ella la metió sin que me diera cuenta.
En la botella había una nota adhesiva.
"Ya no llenaré más, mamá. Es la última vez."
La salsa de chile se terminó. La botella no se tiró.
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