Ayer vi una crítica muy interesante de Pavel Durov sobre esa aplicación de verificación de edad que la Unión Europea está impulsando. Básicamente, el fundador de Telegram señaló que la herramienta fue hackeada pocos minutos después de salir al mercado. Es decir, ni siquiera tuvo tiempo de respirar y ya estaba comprometida.



Lo que más llamó la atención es que Pavel Durov planteó una cuestión muy legítima: esa aplicación se vende como "respetuosa de la privacidad", pero tiene razón al cuestionar si no es exactamente lo opuesto. Sabemos cómo funcionan estas cosas en la práctica: cuando centralizas datos de identidad y verificación de edad, creas un objetivo gigante para la vigilancia. Y si además ni siquiera pueden mantenerla segura en los primeros minutos, imagina cuando esté en producción de verdad.

Pavel Durov no es cualquier persona diciendo esto. Como alguien que construyó una plataforma enfocada en la privacidad, entiende bien los riesgos involucrados. Este tipo de crítica suya toca un punto que mucha gente ha estado ignorando: la diferencia entre lo que los gobiernos dicen que un sistema de verificación hace y lo que realmente puede hacer con sus datos.

Es un buen recordatorio de que la privacidad y la seguridad no son solo palabras de moda: necesitan ser construidas desde el principio, no improvisadas al final. Y cuando Pavel Durov señala fallos así, vale la pena prestar atención.
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