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Hay una historia que creo que vale la pena compartir. En 2011, un joven estadounidense llamado Erik Finman tenía solo 12 años y ya se sentía decepcionado con el sistema educativo tradicional. Luego, su abuela le regaló 1000 dólares como obsequio; la mayoría de sus compañeros probablemente los habrían usado para comprar videojuegos o teléfonos, pero Erik Finman tomó una decisión completamente diferente: invirtió todo el dinero en Bitcoin, cuyo precio en ese momento era aproximadamente 12 dólares por moneda.
Esta decisión suena un poco loca, pero Erik Finman compró alrededor de 83 bitcoins con esos 1000 dólares, y mientras los mantenía, aprendía programación por su cuenta y trabajaba en algunos pequeños proyectos. Cuando en 2013 el precio de Bitcoin subió a 1200 dólares, su patrimonio ya se acercaba a los 100,000 dólares. Imagínense a un niño de apenas unos años con esa riqueza en sus manos.
Lo más interesante es que Erik Finman hizo una apuesta con sus padres. Les dijo que si se convertía en millonario antes de los 18 años, no iría a la universidad. Sus padres, por supuesto, pensaron que eso era imposible y aceptaron. Pero Erik no se detuvo allí; siguió ampliando su portafolio de inversiones en activos digitales e incluso fundó una compañía de educación en línea llamada Botangle.
Para 2017, el precio de Bitcoin siguió subiendo y el patrimonio de Erik Finman finalmente superó la marca del millón de dólares. En ese momento, tenía solo 18 años y cumplió con su promesa. No fue a la universidad, sino que, gracias a esa apuesta y a su visión de inversión, ganó mayor reconocimiento.
Luego, Erik Finman dio charlas en grandes conferencias tecnológicas, compartió en TEDx y asesoró a varias startups en el campo de las criptomonedas. Hasta ahora, ha sido un defensor del Bitcoin y de la libertad financiera a través de la tecnología. Esta historia nos enseña que, a veces, la juventud no es una desventaja; lo importante es tener el valor de tomar decisiones diferentes.