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¿Alguna vez te has preguntado por qué presentar impuestos en Estados Unidos se siente como resolver un rompecabezas con piezas faltantes? Acabo de encontrar algo interesante que realmente pone las cosas en perspectiva.
Resulta que las personas en Estonia pueden presentar toda su declaración de impuestos en menos de cinco minutos sin pagar nada. Mientras tanto, el estadounidense promedio pasa unas 13 horas lidiando con formularios y paga alrededor de $240 solo para obtener ayuda profesional. Estados Unidos ni siquiera tiene el sistema más complicado a nivel mundial—ocupamos el puesto 21 de 38 países—pero eso no lo hace menos frustrante para quienes enfrentan algo más complejo que una simple declaración.
Entonces, ¿qué está pasando realmente aquí? ¿Por qué los impuestos son tan complicados en primer lugar? Según Marilynn Grossman, profesora de tributación, gran parte de ello se debe a la naturaleza misma de nuestra economía. "Somos una economía muy sofisticada y compleja, y eso requiere un sistema tributario muy sofisticado", explicó. Pero hay más que solo la complejidad económica.
El primer gran problema son los objetivos en competencia. Aquí está la cosa—todos se quejan de la complejidad fiscal hasta que les beneficia personalmente. Cuando alguien obtiene una exención fiscal que le gusta, de repente ya no parece tan derrochadora. Los legisladores saben esto, por lo que son reacios a eliminar disposiciones que ayudan a sus electores, incluso si eso significa mantener todo el sistema complicado.
Luego están los grupos de interés especial que hacen presión. Industrias y organizaciones poderosas hacen lobby fuerte por subsidios fiscales que crean todo tipo de distinciones entre diferentes tipos de ingresos y gastos. Debido a que estos grupos tienen una influencia seria en Washington, siguen ganando, lo que significa que cada año se añaden más capas al código tributario.
La parálisis política es otro culpable importante. El Congreso está tan dividido que cualquier intento serio de simplificar el sistema fiscal es rechazado. La simplificación generalmente implica ampliar la base impositiva y reducir las tasas, pero eso provoca una oposición masiva de quienes perderían sus beneficios actuales. Es un estancamiento que parece imposible de romper.
Finalmente, está el problema de los incentivos fiscales. A los congresistas les encanta usar el código tributario como una herramienta para resolver problemas y fomentar comportamientos específicos. ¿Quieres promover energías renovables? Añade un crédito fiscal. ¿Quieres incentivar el ahorro? Crea una deducción. El resultado es que la complejidad de los impuestos sigue empeorando cada año, y convencer a la gente de renunciar a sus incentivos es prácticamente imposible.
¿La verdadera lección? No esperes que el sistema tributario se vuelva más simple en el corto plazo. Mientras las personas se beneficien de la complejidad y el Congreso siga dividido, estamos atrapados en este caos. Es frustrante, pero entender por qué los impuestos son tan complicados al menos explica con qué estamos lidiando.