¿A menudo la gente me pregunta si creo en “el destino”? Lo vuelvo a explicar: creo en el destino, pero primero hay que entender qué es. El destino no es fatalidad; es una serie de variables iniciales que una persona tiene al nacer: familia, entorno, época, recursos, inclinaciones de carácter y experiencias pasadas que, en conjunto, forman una regla de alta probabilidad. Estas variables determinan el punto de partida de alguien y, en gran medida, las posibilidades de su vida temprana.



Pero el destino no es el resultado final. Porque mientras una persona crece, se ve afectada de forma constante por su autoconocimiento, por la formación de su carácter, por las decisiones y por las acciones. Cuando alguien empieza a cambiarse de manera consciente, a aprender, a superarse, a iterar, y a volverse cada vez más diferente, entonces irá modificando poco a poco la regla que antes parecía establecida.

Así que el destino es la suma de todas las variables del pasado, y la “fortuna” viene de la creación del yo hacia el futuro. Si una persona se queda siempre en el yo de antes, su vida probablemente seguirá el mismo camino; pero si una persona se reconfigura continuamente y se convierte en una nueva variable, entonces tiene la oportunidad de cambiar la probabilidad del futuro.

El destino decide tu punto de partida; la fortuna decide tu dirección.
Los verdaderos fuertes no es porque no existan límites del destino, sino porque, al ver claramente su destino, empiezan a crear su propia fortuna. Al final, cuando destino y fortuna se combinan, es cuando se convierte en un destino verdadero.
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