A algunas personas, cuando las cosas se ponen lo bastante mal, en su interior se enciende una especie de emoción extraña. No porque les guste fracasar, sino porque, cuando la situación se deteriora hasta el punto crítico, toda la confusión, la incertidumbre y la duda desaparecen de golpe. Hay menos opciones, los objetivos se vuelven claros y el verdadero problema por fin sale a la luz. Mucha gente siente miedo ante la dificultad, pero algunos, en cambio, entran en un estado de concentración intensa, porque saben esto: la crisis no solo significa peligro, también significa selección. La mayoría empieza a evadirse al inicio de las dificultades, mientras que quien realmente está dispuesto a enfrentar el problema, en cambio, gana más espacio. Así que su emoción no está en la catástrofe en sí, sino en que, en medio del caos, por fin ven una cuestión sencilla: a partir de ahora, solo hay que resolverla.

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