La verdadera caída de la vida casi nunca viene de un gran error, sino de innumerables pequeñas renuncias. Un descuido, una concesión, una huida: vistos por separado parecen insignificantes, pero crean inercia y van cambiando, poco a poco, la dirección de una persona. Descansar no es retroceder, la estabilidad no es un fracaso; el verdadero peligro es anestesiarse con “da igual” y “no hay otra opción”, y dejar que el problema lo resuelva el tiempo. Caer es fácil, porque solo hay que seguir el instinto; subir es difícil, porque requiere activar la voluntad una y otra vez. Las personas tienen libertad para elegir y, al mismo tiempo, deben asumir el peso de sus elecciones. La libertad de verdad no es no tener presión, sino que, en el instante en que uno quiere rendirse, todavía tenga la capacidad de seguir adelante.

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