Cuanto más escasas son las condiciones para alguien, más fácilmente cae en la adicción a debatir los grandes problemas del mundo, porque hablar de países, economía, guerras, etc., puede brindar una sensación de participación y control, pero afrontar el propio crecimiento de verdad requiere mirar de frente a las propias capacidades, decisiones, fracasos e insuficiencias; esto genera presión. Por eso, a muchas personas les resulta más fácil estudiar solamente cómo cambia el mundo, pero no estudiar cómo cambiarse a sí mismas. El verdadero crecimiento no consiste en saber más información externa, sino en mejorar continuamente la propia posición en el mundo y aumentar la capacidad de crear valor y de intercambiar valor. Comprender el propósito final de entender el mundo no es convertirse en espectador, sino encontrar el lugar que uno ocupa en él y, mediante la acción, cambiar su trayectoria.

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