A las personas que disfrutan la soledad no necesariamente les cuesta socializar; muchas veces, simplemente tienen una percepción más aguda del mundo. Son capaces de detectar el desgaste en las relaciones, la complejidad de la naturaleza humana y los cambios emocionales, pero eligen el silencio no porque no entiendan, sino porque no quieren responder a la maldad con maldad. Una persona verdaderamente madura no carece de agresividad, sino que no necesita herir a otros, controlar a otros o demostrarse a sí misma para sentirse importante. Tener muchos amigos no significa ser buena persona, y tener pocos no significa ser mala. La verdadera fortaleza de una persona no radica en cuánta gente la rodea, sino en ser capaz de comprender la naturaleza humana sin perder su bondad; en poder integrarse al mundo, y también disfrutar tranquilamente de la soledad.

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