Las personas de alto conocimiento no son quienes leen la mente, sino quienes comprenden mejor las leyes de la naturaleza humana y poseen una mayor capacidad de reconocimiento de patrones. Debido a que han vivido más, observado más y reflexionado con mayor profundidad, pueden captar señales que para la gente común pasan desapercibidas: si una persona es coherente en su discurso; cómo actúa ante conflictos de intereses; cómo trata a los débiles y a los extraños; si ante un problema asume la responsabilidad o suele eludirla; cómo enfrenta la soledad, si continúa creciendo o se consume a sí mismo; si en el desarrollo de un evento ya aparecen indicios de peligro. El juicio acumulado durante largo tiempo les permite identificar más tempranamente el grado de confiabilidad de una persona, y también evaluar con mayor precisión los riesgos detrás de una situación. La verdadera sabiduría no consiste en ver a través de los demás, sino en mejorar la probabilidad de acertar en un mundo complejo.

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