Los humanos han evolucionado durante tantos años, y la lógica subyacente puede no ser fundamentalmente diferente de la del perro en el experimento.


El perro al principio solo salivaba al ver comida, pero después de que la campana y la comida se asociaran repetidamente, finalmente solo escuchar la campana ya provocaba una reacción.
Los humanos también somos así; muchas ideas que creemos haber pensado por nosotros mismos son en realidad solo reflejos condicionados entrenados durante mucho tiempo.
¿Los diamantes equivalen al amor, la casa a la seguridad, la estabilidad al éxito... son realmente verdades objetivas, o creencias moldeadas repetidamente por la familia, la sociedad y el capital?
La verdadera madurez no es aprender más conocimientos, sino comenzar a cuestionar esas creencias subyacentes que parecen incuestionables.
Porque el esfuerzo resuelve problemas de ejecución, mientras que las creencias determinan la dirección; si la dirección es incorrecta, cuanto más te esfuerzas, más lejos puedes estar de ti mismo.
Por eso la elección es más importante que el esfuerzo: la esencia de la elección no es qué elegir, sino reexaminar primero por qué eliges así.
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