La gente celebra el hecho de que MacKenzie Scott haya donado más de $27 mil millones a obras benéficas como si esa fuera la medida definitiva del éxito.


Pero aquí está la pregunta incómoda: si se han entregado decenas de miles de millones y muchos de los mismos problemas estructurales aún existen, ¿qué estamos celebrando exactamente?
Dar dinero es fácil. Construir activos productivos que generen riqueza duradera es mucho más difícil.
Imagina que ese mismo capital se hubiera invertido en empresas, infraestructura e innovación que crearan billones en nueva producción económica. El resultado a largo plazo podría haber sido millones de empleos permanentes, ingresos crecientes y un número mucho mayor de personas saliendo de la pobreza a través de la oportunidad en lugar de la dependencia.
La historia muestra repetidamente que las sociedades se vuelven más ricas expandiendo la capacidad productiva, no simplemente redistribuyendo la riqueza existente. La caridad puede aliviar el sufrimiento inmediato, pero la prosperidad sostenida proviene de crear más valor del que se consume.
El verdadero debate no debería ser si la generosidad es buena. Es si el capital hace más bien aliviando los problemas de hoy o construyendo el motor productivo que prevenga los de mañana.
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