La verdadera madurez de una persona no es porque no haya atravesado la oscuridad, sino porque, después de ver la complejidad de la naturaleza humana, aún puede mantener su subjetividad; haber experimentado la traición, pero sin perder la confianza por ello; haber conocido el interés, pero sin renunciar a los principios por ello; haber sentido el dolor, pero sin permitir que el dolor se convierta en su cosmovisión. Muchas personas son moldeadas por las experiencias, y otras comienzan a rediseñarse a sí mismas. El verdadero crecimiento no es que el mundo te haya cambiado, sino que has aprendido a decidir qué merece entrar en tu corazón y qué es solo una experiencia. Las experiencias moldean la percepción, la percepción determina las elecciones, y las elecciones, finalmente, determinan qué tipo de persona uno llega a ser.

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