Volver la mesa o razonar, en esencia, no es un problema emocional, sino una elección de poder. Elegir razonar implica asumir que la otra persona puede ser convencida, que la relación vale la pena y que aún hay espacio para la negociación; pero en la realidad, la otra persona puede no importarle la lógica, solo la postura, y la relación misma puede ser una estructura de desgaste constante, y la supuesta explicación solo retrasa el conflicto, no lo resuelve. Así que, muchas veces, uno no es que no sepa que debe irse, sino que constantemente usa explicaciones para ganar el derecho a una salida digna; y "esperar una explicación" tampoco es racional, es solo un amortiguador psicológico: esperar una vez más una respuesta es dejar una vez más una esperanza; explicar una vez más es confirmar que aún no se ha perdido; entender una vez más es intentar mantener la sensación de control. Pero el problema es que explicar a menudo no trae respuestas, solo prolonga el desgaste.

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