Todos saben que, después de la crisis financiera de 2008, los problemas centrales de la economía global no se han resuelto: la deuda sigue aumentando, el crecimiento poblacional se desacelera, la riqueza se concentra cada vez más, la productividad crece más lentamente, y la clase media se está reduciendo. Cada cierto tiempo, el mercado encuentra una nueva historia: internet, energías renovables, metaverso, IA. El capital busca constantemente nuevas narrativas de crecimiento, no necesariamente para resolver los problemas, sino para retrasarlos. Los avances tecnológicos, por supuesto, son importantes, pero la mayoría de ellos abordan problemas de producción. Muchas veces, cuanto más avanza la tecnología, más se concentra la riqueza en unos pocos. Lo que realmente determina la estabilidad de una era no es cuánta riqueza se crea, sino cómo se distribuye esa riqueza. En cierto sentido, las revoluciones tecnológicas de los últimos doscientos años han sido una forma de retrasar las crisis; y lo que realmente pondrá a prueba al mundo en el futuro quizás no sea cuán poderosa sea la IA, sino si la humanidad puede encontrar un nuevo mecanismo de distribución. Entonces, ¿sabes cuál es ese mecanismo de distribución?

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