El aspecto más aterrador del fatalismo no es creer en el destino, sino eliminarse a uno mismo de la cadena causal. Cuando una persona se acostumbra a atribuir sus fracasos a la época, al entorno o a otros, gradualmente caerá en la "indefensión aprendida", creyendo que no puede hacer nada antes de actuar. Por supuesto, el mundo tiene reglas y límites, pero lo que realmente determina el futuro de una persona no es cuántas restricciones ve, sino si todavía puede encontrar la parte de variables que puede influir. La persona que ha perdido la acción cree en el destino, mientras que la que mantiene la acción participa en el destino.

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