El lugar más peligroso de una sociedad no es la falta de moral, sino convertir todos los problemas que deberían ser resueltos por el sistema en problemas morales. Cuando el poder carece de restricciones, la gente no discute sobre pesos y contrapesos, sino sobre santos; cuando las reglas tienen lagunas, no se investiga el mecanismo, sino la conciencia; cuando el sufrimiento continúa ocurriendo, no se busca la raíz, sino que se alaba la paciencia y el sacrificio. Así, los problemas del sistema se moralizan, los problemas del poder se personifican, y los problemas estructurales se emocionalizan. Finalmente, las personas se vuelven cada vez más hábiles en juzgar el bien y el mal, pero cada vez carecen más de la capacidad de analizar leyes, diseñar reglas y mejorar el sistema. El progreso de la sociedad moderna, en esencia, no consiste en encontrar personas más nobles para gestionar la sociedad, sino en establecer un conjunto de instituciones que puedan funcionar de manera estable incluso frente a personas comunes o incluso malintencionadas, limitando el poder, permitiendo que la responsabilidad sea rastreable, poniendo límites a los derechos individuales y haciendo que la sociedad funcione según reglas y no según la voluntad personal. Lo que realmente determina el destino a largo plazo de una sociedad nunca son los slogans morales, sino la estructura institucional.

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