Las personas que han muerto lo saben. La muerte no es una patente solo de los ancianos, sino una notificación que todos pueden recibir en cualquier momento. Envejecer de manera segura, saludable y tranquila ya es una gran suerte en sí misma. Por eso, lo que realmente debemos aprender no es temer a la muerte, sino reinterpretar el acto de vivir: usar la ropa que nos gusta, ver a las personas que amamos, decir lo que es importante, no dejar que la separación nos enseñe a valorar más. Muchas cosas que parecen enormes, de repente se vuelven pequeñas frente a la muerte; muchas cosas que no queremos usar, gastar o expresar, al final se convierten en arrepentimientos. La vida no consiste en lo que al final conseguimos, sino en si realmente hemos sentido, amado y valorado durante el proceso de vivir, y si también hemos hecho que nosotros y quienes nos rodean sufran un poco menos. La muerte no nos recuerda que debemos ser pesimistas, sino que nos advierte que no debemos vivir la vida como si fuera una entrega aplazada.

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